La mentalidad y costumbres sexuales de nuestros frecuentadores de gimnasios helenos, como tantas otras de cualquier campo de la actividad humana, serán heredadas y transmitidas a generaciones posteriores por esa gente mucho más seria y organizada que habitaba la península itálica. Pero todo ese legado mezcla de usos orientales pasados por el inconfundible aroma de la esencia griega y su devoción por lo masculino, será reinterpretado y adaptado al más pragmático gusto romano, puesto que a pesar de compartir algunas concepciones básicas, las diferencias eran numerosas.
En lo que al matrimonio y el establecimiento de un núcleo familiar se refiere, la mecánica era similar a la que ya hemos visto. La boda era concertada, generalmente un poco más tarde que los griegos, alrededor de los 18 años, por el jefe del clan familiar, el pater familias, que entregaba una dote a la muchacha. Formalmente, el padre o tutor cedía sus derechos sobre la novia al marido, y la dote cumplía la función de garantía económica de la chica. Igual que en Grecia, el papel que se esperaba que cumpliese la mujer romana es el de matrona; concebir hijos preferiblemente varones y ejercer de abnegada esposa totalmente supeditada a su marido. Sin embargo, las romanas sí tenían derechos políticos, ya que poseían la ciudadanía que se les negaba a las griegas, aunque se les consideraba una especie de menores de edad. Pero una vez casadas, podían incluso salir a la calle sin necesidad de ser acompañadas por un hombre, acudir acompañadas al teatro o algún banquete y ocasionalmente visitar a las amigas. Además, con el paso del tiempo, la domina pasó a dirigir la organización doméstica por delegación de su marido, administrando el trabajo de los esclavos.
En lo que al plano sentimental se refiere, los romanos compartían la distinción griega entre el afecto por la esposa y los ardores de las partes bajas. El matrimonio tenía como objetivo perpetuar el linaje, y en las clases altas, forjar alianzas políticas y sociales (de aquí la popularidad del divorcio). En ese aspecto, el amar a la esposa era algo que estaba fuera de lugar, nadie se lo tomaba en serio. Por otra parte, como uno se puede imaginar, la proliferación de esclavos domésticos tuvo un efecto multiplicador en las posibilidades de fornicio al alcance de los ciudadanos romanos, sobre todo los acomodados. No en vano uno de los cometidos principales del esclavo era servir de juguete sexual de su amo. Pero también complicaba las cosas; con tanto servi de por medio, mantener un adulterio o una relación clandestina en secreto se hacía tarea casi imposible. Que son cosas, vale, pero a veces les da por hablar y ya la tenemos liada.
Todo esto no fue óbice para que floreciese la prostitución, que como ya hemos visto no tenía nada de escandaloso en el mundo antiguo. Se trataba en este caso de una costumbre habitual de los romanos de clases bajas que no podían costearse esclavos con los que aliviarse, por lo que la mayoría de burdeles (lupanares), reglamentados por la ley y reconocibles por los grandes falos iluminados situados en la calle, se concentraban en los barrios populares. No sólo se encontraban putas en los burdeles; baños, tabernas, panaderías, eran lugares válidos para practicar el oficio, y en los días de celebración de juegos de gladiadores o carreras del circo, proliferaban las “ambulantes”. El teatro y por tanto la profesión de actor, estaba estrechamente relacionada con la prostitución. Las putas de la ciudad de Roma estaban censadas, muchas tenían una licencia (licencia stupri) y pagaban los impuestos correspondientes. Por supuesto, debían vestir llamativamente para diferenciarse de las matronas decentes, y las había de todas las clases sociales, desde las prostibulae que ejercían donde podían, hasta las famosae, mujeres de rango patricio que se dedicaban por necesidad económica o simplemente por placer; ejemplo conocidísimo es el de Mesalina, la esposa del emperador Claudio.

Flavia Minor, ¿encuentras la lentilla?
La introducción de divinidades, festivales y costumbres orientales que siguió al sometimiento de Grecia y las provincias asiáticas, como el famoso culto de Baco, favoreció un clima de permisividad sexual que ha llegado al imaginario colectivo moderno bajo la forma de la sobadísima “orgía romana”, y que como cualquiera se puede imaginar, era más propia de las elites que de humildes. Que ha sido además convenientemente ilustrada con todo lujo de detalles, reales o ficticios, tanto por cronistas cristianos como por senadores moralistas, casi siempre con un fin político detrás. Hay que manejar con mucho cuidado todos esos escandalosos relatos escritos por senadores patricios peleados con el emperador de turno. Sí, hablo de Augustos, Claudios o Tiberios; los romanos tenían la sana costumbre de difamar a lo grande a sus rivales políticos. Las falsas acusaciones de homosexualidad que difundió Lúculo sobre César para empañar su éxito en Bitinia y que vociferó Curio hasta la saciedad en el Foro le crearon un grave problema político a Él. Incluso hoy hay historiadores proclives al revisionismo gay que aún lo creen firmemente.
En cuanto a la moral sexual de los romanos, queda aún muy lejana de la actual. En líneas generales, el sexo era algo natural y cotidiano, y por supuesto no era nada como para ocultarlo, al contrario, las alusiones sexuales, bastante soeces por cierto, son habituales incluso en la literatura más apreciada. Son frecuentes los amuletos fálicos, pues estas supersticiosas gentes consideraban estos símbolos de fertilidad portadores de buena fortuna. Además, creían que su forma grotesca espantaba los malos espíritus, por lo que se adornaban con ellos las esquinas de las calles, lugares sagrados para los romanos. Evidentemente hablo en líneas generales, ya que existían rígidos moralistas de rancias familias patricias y guardianes de las virtudes y la decencia (conocidos en todas las épocas como estirados aguafiestas), y por ejemplo de una matrona romana se esperaba recato y recogimiento, pero las clases populares son unas cochinas, como todo el mundo sabe. Y las clases altas…casi más.
Por supuesto, la pederastia o la homosexualidad estaban a la orden del día, pero aquí también hay una diferencia crucial con respecto a la influencia griega. Los romanos, en general, y a pesar de ser una típica sociedad machista, no compartían el culto griego a la belleza masculina como ideal, y por tanto, las manifestaciones homosexuales les pillaban un poquito más lejos; no había una base filosófica ni intelectual que lo justificara. Esto no significa que no existiera, o que no se tolerase más o menos disimuladamente, pero para no pocos romanos, esto de la sodomía masculina era una cochinada propiamente griega. Sobre los roles sexuales, sigue vigente la concepción de que penetrar es digno, como propio del varón y ser penetrado, cosa de inferiores, como mujeres y afeminados. Como muestra, un botón: para designar el acto de la felación y a sus participantes, los romanos empleaban dos términos. Irrumator es la palabra que designa al que la recibe, y fellator al que la da. Por supuesto, el segundo tiene una connotación denigrante, de supeditación, de la que carece el primero, y seguramente por ello ha sobrevivido sólo este último.

¿Quién no tiene una lamparita de estas en casa?
Todo este panorama sexual va a cambiar radicalmente con la extensión por el Imperio del terremoto procedente de la provincia de Judea: el cristianismo. Hablamos en su momento de la rígida y represiva moral que los sacerdotes judíos imponían a su pueblo, pero cuando los predicadores cristianos salgan a dar la “buena nueva” con sus evangelios debajo del brazo, el fenómeno cobrará proporciones descomunales. En primer lugar, los creyentes deben distinguirse de los paganos griegos y orientales (gentiles, empleando terminología bíblica), y una forma de tomar distancia es denunciando sus licenciosas costumbres al más puro estilo judío. El cristianismo tendrá un enorme éxito entre las clases bajas del Imperio, por la carga de esperanza y el mensaje de igualdad que llevaba en una época particularmente dura. Así que la incipiente jerarquía eclesiástica, por tanto, por oposición y por convicción moral judaizante, rechazará de plano los principales rasgos de su “enemigo”, las elites paganas.
Para contrarrestar el enorme prestigio de la cultura pagana clásica, símbolo de las clases altas romanas, los obispos opondrán en su contra, entre otras estrategias, un feroz ataque a su degeneración y depravación sexual, incluidas en la larga lista de pecados que llevan al Imperio al desastre. Así que para diferenciarse, los cristianos han de ser pudorosos y recatados, pues la permisividad sexual es pecaminosa y ofende a Dios. Por esta pendiente se deslizará la moral oficial a partir de entonces y casi hasta nuestros días. Es cierto que en general los humanos han venido haciendo lo que les da la gana en cuestiones amatorias, pero desde entonces van a tener que hacerlo en la clandestinidad, o al menos, guardando las apariencias, porque ahora el folgar es pecado. Bueno, no se queje, hombre, a cambio tiene el amor de Jesusito y la salvación eterna.
Sin embargo, el hundimiento del Estado romano, las invasiones bárbaras, la ruralización, la degradación cultural y la superficialidad de la asimilación del cristianismo por parte de las masas nos dará aún grandes ratos de diversión en la próxima entrega, “Las calientes vaqueras de La Finojosa”. Ah, igual alguien se pregunta por el latinajo que da título a este artículo. ¿Solemne, verdad? Alguna pista ya hemos dejado caer, pero si les interesa, se trata de uno de los epigramas del gran poeta romano Catulo, un popular verso de la época que significa “Os daré por culo y me la chuparéis”. Se lo dije, unos malhablados.
Bueno, que creo que lo que acabas de narrar brevemente, es una de las grandes desgracias de la civilización occidental (me refiero a la irrupción del cristianismo en las conductas sexuales). Y la Iglesia católica, cual Numancia, no se rinde. Espera y espera, y desea que una crisis en occidente provoque una vuelta a los hábitos previos a la liberación sexual. Ya he leido a más de un cretino decir que la “destrucción de la familia” es la causa de la decadencia de Occidente COMO la del imperio romano.
¿Consideraban los romanos un delito el adulterio femenino, o era causa de repudio de la esposa?
Yo tengo entendido que era delito, de hecho, creo que era el peor delito que podía cometer una mujer.
Cambiando de tema… Me encanta esta página!! Hace poco que la he descubierto y no paro de leerla. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con la historia. Mis felicitaciones al creador!
En las sociedades antiguas, era delito el adulterio. El femenino especialmente, ya que comprometía el origen de la descendencia (se adulteraba…), y por tanto, el motivo principal por el que se llevaban a cabo los matrimonios; perpetuar el linaje del paterfamilias. Pero como del dicho al hecho hay un trecho, esto no quitaba para que estuviera muy extendida la práctica.
Prometeo, yo creo que dicha liberación se está produciendo, a trancas y barrancas, de la mano del laicismo. La Iglesia pone la semilla, la riega y la mima, pero la puntilla no viene de su mano, o al menos no directamente, como ya veremos (que no quiero adelantarme). Aún queda bastante camino, pero hay esperanza…
Muchísimas gracias, Astarté. Lo cierto es que disfruto mucho escribiéndola, me alegra ver que alguien hace lo propio leyéndola.
Ilustre señor,
¿no tendra usted a bien facilitarme aqui el latinajo del gran poeta Marcial que cita en su última linea? vamos, lo que es en latin del bueno, la versión original.
Es para facer unas camisetas cara al verano, que el lema del año pasado “Yo soy la putita de mi jefe” ya dió su juego.
Por cierto, suerte con sus temas académicos, y vuelva usted cargado, que nos ha dejado un montón de frentes abiertos, especialmente este último del fornicio, que esta muy interesante
he encontrado dos epigramas del tal Marcial… aqui si que se merecia gastar una buena piedra en inmortalizar tales obras:
Libro X. Epigrama 15
Aseguras que a ninguno de mis amigos tú le vas a la zaga,
pero para que eso sea verdad, ¿qué haces?, dímelo, Crispo.
Cuando te pedí prestados cinco mil sestercios, no quisiste,
a pesar de que tus dineros en un cofre bien pesado no cabían.
¿Cuándo me has dejado un cuartillo de habas o de trigo,
mientras aran las vegas del Nilo tus aparceros?
¿Cuándo me mandaste un manto corto en el invierno frío?
¿Cuándo me ha llegado media libra de plata por tu parte?
No veo otra razón para tenerte como amigo que el que
delante de mí, Crispo, sin parar te tires pedos.
Libro IV. Epigrama 4
Al fango de charcas resecas,
al vaho de aguas podridas,
al aire estancado de aljibe,
al tufo de un macho cabrío
que monta cansino a su cabra,
a bota de un viejo soldado,
a tela retinta de púrpura,
a boca de hebrea en ayunas,
al aliento amargo de los condenados,
al candil gastado de una puta vieja,
a zurrapas secas de lagar inmundo,
a cubil de víbora, a rastro de zorra
preriría yo oler, amiga,
antes de oler a lo que hueles.
A ver qué te parecen estos, algunos de mis favoritos:
Libro I – CIII
La riqueza lo hizo miserable
“Si los dioses me concedieran un millón de sestercios”, decías tú, Escévola, cuando aún no eras un caballero cabal, “¡cómo viviría, qué espléndida y qué felizmente!”. Los dioses te sonrieron favorables y te lo concedieron. Después de ello tu toga está mucho más sucia, tu manto es peor, tu calzado es de cuero remendado tres o cuatro veces. Y, de diez olivas, te reservas la mayor parte [para otra comida] y un solo servicio vale para dos cenas, bebes una espesa zurrapa de vino rosado de Veyes, los garbanzos hervidos te cuestan un as y una Venus, otro as. Vayamos ante la justicia, oh falaz y depositario infiel: Escévola, vive o devuelve a los dioses el millón.
Libro II – XV
Un escrupuloso
Eso de no pasar tu copa a nadie, lo haces por humanidad, Hormo, no por soberbia
Libro II – LXII
¿Lo de atrás para quién?
Si te depilas el pecho, las piernas y los brazos, y si tu minga rapada está rodeada de unos cortos pelos, esto lo haces, Labieno, —¿quién no lo sabe?— en atención a tu amiga. Si te depilas el culo, Labieno, para quién lo haces?
Libro II – LXXXIX
¿A quién te pareces en eso…?
El que te goces en prolongar la velada con vino en exceso, te lo perdono: tienes, Gauro, el defecto de Catón. El que escribas versos con nula inspiración de las musas ni de Apolo, te lo debo alabar: eso que tienes de Cicerón. Que vomitas,
eso es de Antonio; que te gusta el lujo, cosa de Apicio. Pero lo de chuparla, dime, ¿de quién tienes ese vicio?
Libro III – LXXI
Está claro
Si a tu esclavo le duele el nabo y a ti, Névolo, el culo, no soy adivino, pero sé lo que haces.
Lo dejo ya, no sigo ejerciendo de troll…. pero en las procelosas aguas del mar internete, entre porno y tetas, he encontrado esto…
Pedicabo ego vos et irrumabo
Pero me dicen que es de Catulo, y no de Marcial… aunque me da que tenian los dos bastante para si cada uno de ellos. Menudo par de poetas, para poner al dia a la generación de plastas del 27
http://rudy.negenborn.net/catullus/text2/l16.htm
Os daré por el culo y me la mamaréis
maricon de Aurelio y Furio chupapollas,
que me considerasteis poco decente
por mis versos, por que son delicados.
Pues es conveniente que casto lo sea
el buen poeta en persona, en nada deben serlo sus versos,
que sólo tienen sal y gracia si son delicados, poco decentes,
y pueden excitar los deseos no digo ya de los muchachos,
sino de esos velludos que ni siquiera pueden
mover sus duros lomos.
Vosotros, que habéis leído muchos miles de besos,
me considerais poco macho?
Os daré por el culo y me la mamaréis.
Versión original (latín):
Pedicabo ego vos et irrumabo,
Aureli pathice et cinaede Furi,
qui me ex versiculis meis putastis,
quod sunt molliculi, parum pudicum.
Nam castum esse decet pium poetam
ipsum, versiculos nihil necesse est;
qui tum denique habent salem ac leporem,
si sunt molliculi ac parum pudici,
et quod pruriat incitare possunt,
non dico pueris, sed his pilosis
qui duros nequeunt movere lumbos.
Vos, quod milia multa basiorum
legistis, male me marem putatis?
Pedicabo ego vos et irrumabo.
Oh, cierto, es de Catulo…voy a corregirlo ipsofactamente, menudo deslizamiento…eso sí, son dos auténticas víboras de estilo similar.
PD: Corregido está. Ojalá los trolleos fueran como estos…
Quizás llega tarde mi comentario y me ha quedado un poco raro, pero aquí llega…
Es cierto por un lado que la llegada del Cristianismo comienza una época de …. llamemos castidad, o el acabose del libertinaje, pero qué quereis que os diga… desde el punto de vista de la mujer quizás se podría ver casi como una mejora!!
De ser una máquina de parir o una prostituta, o una sirvienta sexual, a pasar a ser un igual sexual en el matrimonio (hablo solo de las relaciones reconocidas como socialmente aceptadas, claro), pues casi que mejor… está bien lo de asegurarse que tu señor esposo no la vaya metiendo donde no le llaman.
Me parece a mi que la sexualidad en las civilizaciones antiguas está muy sobrevalorada, sin ir más lejos hace poco me leí el Kamasutra (pese a sus pocas recomendaciones, me dije que algo tendría para tener tanta fama) y me hice cruces cuando leí que la felación era propia de mujeres de vida licenciosa y de eunucos (ahí queda eso), y esa es la mejor, pero había barbaridades semejantes.
Y total, que dentro de 100 años, ya veremos lo que se escribe de nuestra época… porque los/las hay que parece que acaban de salir de una máquina del tiempo.
Y me despido citando a Madonna en La hora chanante: “El sexo solo es sucio si no te lavas”
Más tarde llega mi respuesta, quizá, pero allá va. Tienes razón en lo del Cristianismo, lo comento en el siguiente artículo, que a estas alturas veo que ya has leído: los cristianos igualan, en el sentido en que no hacen distingos entre los pecadores en función de sexo.
En cuanto a la sexualidad antigua…pues es la típica de sociedades jerarquizadas y patriarcales. La felación era vista como una costumbre sexual típica de afeminados, claro. Y el ser penetrado. Aun así, lo que se valora de las sociedades antiguas es la ausencia de pudor reverente y la naturalidad con que abordan el tema, más que su concepción del asunto, que siempre estará condicionada por sus rasgos culturales, entre ellos el machismo.
Yo creo que vamos hacia la total banalización del sexo. “Fast Sex” para todos los públicos. La forma sin fondo, es lo que se lleva en el postmodernismo.