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Dentro de la sección de biografías de esta bitácora, estrenamos con este artículo una subsección nueva, a la que he bautizado como “Historia bizarra”. En ella daré cuenta de curiosos y extraños fechos protagonizados por personajes cuya salud mental tiende a catalogarse como dudosa. Lo sé, a estas alturas la página parece organizada por algún comité de sindicalistas, pero qué quieren que les diga, se trata de dar una apariencia de orden al caos. Y si no, envíenme una propuesta que prometo será analizada concienzudamente y desechada con el máximo de los respetos.

 

Por supuesto, como ya habrán deducido ustedes solitos, semejante material humano abunda ya en la historia de España, sin necesidad de irnos al extranjero a buscar (aunque no se crean, que hay bastantes también y pasarán implacablemente por aquí), por lo que he optado por abrir fuego con un auténtico peso pesado patrio, el sanguinario conquistador, aventurero, y más que probable psicópata, Lope de Aguirre, el Loco, el Cojo, el Traidor o el Peregrino, como prefieran, que de apodos andaba sobrado. Sí, empezamos con emociones fuertes, pero no me digan que esperaban menos.

 

Este especimen nació allá por 1510 en el seno de una familia hidalga del Señorío de Oñate, aunque algún cronista lo ubique en el valle de Aramayona, en Álava. Estas imprecisiones son bastante corrientes en historiografía, cuanto más antigua mejor; comprenderán que haya cantidad de profesionales y profanos entretenidos en probar de forma concluyente, generalmente con cierto exceso de pasión, el lugar exacto donde nació fulano o mengano. Esta moderna afición por tratar de señalar el dato con precisión de GPS es bastante corriente entre ustedes-ya-saben-quiénes y no suele guiarse sólo por espíritu científico precisamente. Para el personaje que nos ocupa tanto nos da, porque en cualquiera de las opciones estamos ante un basko-basko, así que sabemos que tiene de entrada un +10 en las tiradas de empecinamiento, exageración y rusticidad y un -15 en flexibilidad, diplomacia y sutileza (salvo que sea jesuita, que no es el caso). Al igual que ocurría cuando hablamos de Robespierre, este es casi el único dato rescatable de sus primeros años, puesto que por una parte tampoco es que ocurra nada muy interesante en ellos y por la otra resulta que las principales fuentes biográficas son las crónicas escritas por los escasos supervivientes de su expedición al Amazonas. Y por el conocido “efecto Adolf”, todos tienden a caracterizar a Aguirre como un demonio ya desde la cuna, por aquello de disimular responsabilidades propias, así que la credibilidad de estas referencias juveniles no pasa del estado de “rumor no confirmado”.

 

Por ello nos vamos a saltar esa parte y empezamos la narración directamente en Perú, año del Señor de 1560. El virrey don Andrés Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete, acaba de ser destituido de su cargo. Mientras espera la llegada de su sustituto, el marqués decide patrocinar una expedición armada para encontrar y conquistar el legendario reino de Omagua, donde se dice que es tanta la riqueza que su cacique Dorado se baña en un lago cubierto de oro de pies a cabeza. Para ello puso dinero de la caja pública, reunió capital privado y encargó al gobernador don Pedro de Ursúa que se encargase de los preparativos.

 

Sí, amiguitos, parece que el virrey anda reclutando voluntarios para buscar el mítico El Dorado. Digo parece porque no muchos de los habitantes del virreinato se tragaron el cuento, al contrario de lo que opina la historiografía tradicional anglosajona, que atribuye a los papistas españoles unas grandes dosis de avariciosa y típicamente católica credulidad en este tipo de quimeras, olvidando que uno de los más fervorosos devotos e insigne buscador de la patraña esta fue el famoso pirata inglés Sir Walter Raleygh (quien creyéndose a pies juntillas las tonterías que le contara Antonio de Berrío, gobernador de Guayana, se dejó salud, fortuna, y la vida de su hijo en el empeño). Algunos de los residentes del Perú, veteranos de la conquista y sobre todo de las crueles guerras civiles, pensaron maliciosamente que el virrey lo que pretendía era dotarse de un ejército privado para alzarse contra su sucesor en cuanto desembarcase.

 

Sin embargo se equivocaban, puesto que las verdaderas intenciones del virrey eran diametralmente opuestas. El marqués estaba haciéndole un inmenso favor a su sucesor, y de rebote a la Corona; se trataba de pacificar el Perú, aligerando el excesivo número de veteranos soldados sin oficio ni beneficio y con tendencia a montar sublevaciones y algaradas. La posibilidad de que la expedición fuera otra revuelta en ciernes atrajo a unos cuantos elementos subversivos, El Dorado a unos pocos ávidos de riquezas, pero la respuesta no es que fuera masiva. En realidad a unos cuantos “voluntarios” los tuvo que alistar Ursúa a la fuerza, hasta completar unos 300 españoles, más medio millar de indios, no se sabe cuántos negros (entonces no se contaban) y una decena escasa de mujeres.

Aguirre Kinski empleando su cálida y persuasiva mirada Magnum

Con semejante material humano era sólo cuestión de tiempo que apareciesen incidentes sangrientos. Ya antes de partir Ursúa mandó degollar a cuatro implicados en el asesinato de un teniente y procedió a comunicarlo al virrey, para que viese el tipo de disciplina que pensaba imponer. El de Cañete le respondió que tuviera mucho cuidado y le recomendó dejar en tierra a una lista de doce del patíbulo, entre los que se encontraba Lope de Aguirre, alias “El Loco”.

 

Aguirre era por entonces perro muy viejo: con cincuenta años, llevaba unos treinta en Perú. Se encontraba en Sevilla al llegar la noticia del hallazgo de Pizarro, embarcando inmediatamente para allá y dándole tiempo a tomar parte en las luchas entre pizarristas y almagristas por el reparto de tierras e indios. No bien hubieron remitido éstas una miaja, aterrizó el primer virrey, Núñez Vela, con sus funcionarios y clérigos, dispuesto a instalar una administración real que hiciera cumplir las Leyes Nuevas, que entre otras cosillas prohibían las encomiendas y el maltrato al indio. Por ello todos los conquistadores se alzaron contra él, desatándose una feroz guerra entre el bando de Gonzalo Pizarro y Francisco Carvajal (el Demonio de los Andes) y el realista, donde se enroló Aguirre. El virrey fue derrotado y asesinado, y nuestro psicópata recibió un arcabuzazo en la rodilla, por lo que se le llamaba también, en un alarde de originalidad, “El Cojo”. Tenía fama de cruel, vengativo, sanguinario y peligroso, y también tenía una hija mestiza, doña Elvira, “la única persona por la que mostraba algún aprecio”.

 

A pesar de este currículum tan llamativo, Ursúa ignoró los consejos de Mendoza, ya que según dijo, dado que era vasconavarro, podía dar órdenes en vascuence a sus fieles para que cayeran sobre los potenciales conspiradores sin que se enterasen. En este brillante argumento olvidaba Ursúa que la mayoría de estos doce eran vasconavarros también, así como olvidó todo lo demás en cuanto se incorporó a la expedición su mujer, doña Inés de Atienza, una bellísima criolla a la que pasó a dedicar toda su atención. Así que a pesar de los funestos presagios, el gobernador zarpó a remontar el peligroso río Amazonas (que llamaban entonces Marañón) como si se tratara de un crucero de placer por el Nilo.

 

Obviamente, pronto comenzaron las conspiraciones. En cuanto vieron que aquello no iba de alzarse contra nadie ni volver al Perú, que el gobernador pasaba de todo y que a lo mejor el propósito era deshacerse de ellos, aparecieron los descontentos. Aguirre, con su labia campechana, consiguió atraerse a unos cuantos de entre los doce famosos, y algún “voluntario forzoso” que tenía en mente vengarse de Ursúa en cuanto tuviera ocasión. Además se ganó a don Fernando de Guzmán, un mozo sevillano de origen noble, es decir, un tonto útil con cierta autoridad, ideal para dar la cobertura necesaria. Añádanle un par de envidiosos (estamos hablando de españoles, recuerden), La Bandera y Zalduendo, que codiciaban a la criolla del gobernador y ya tenemos los ingredientes para un bonito motín.

 

Dicho y hecho, este remoto antecesor de la izquierda abertzale aprovechó un momento propicio, con la expedición acampada en un poblado de la orilla, para asesinar a traición a Pedro de Ursúa y a su teniente general de una estocada en el pecho. Después procedieron a beberse el vino, celebrar una misa y repartirse esclavos, bienes y cargos. Pero esto es España, señores, y aquí cualquier trapacería tiene que parecer legal, así que se celebró una junta y se levantó un acta por la cual se justificaba la acción en que Orsúa no buscaba El Dorado como hubiera debido. El señorito don Guzmán iría al mando de la expedición, contando con encontrar un reino como el de México o Perú, y así hacerse perdonar por la vía de los hechos consumados, estratagema que ya le salió bien a Cortés en su día (claro que Cortés no asesinó a sus superiores). Aguirre, como flamante maestre de campo, debía firmar el acta, por lo que escribió “Lope de Aguirre, Traidor”. Acto seguido se mofó de la asamblea; a ver si se creían que con esta pantomima se iban a librar de la culpa por matar a un gobernador del rey. Todos ellos eran unos traidores, y como tal les iban a tratar: la única solución era volverse al Perú, el verdadero El Dorado, y tomarlo por la fuerza.

 

De esta forma, Aguirre empleó la técnica “ahora ya no hay vuelta atrás, estamos todos en esto” para arrimar el ascua a su sardina, y a la vez se erigió en el auténtico poder en la sombra, tras la pantalla de protección que le ofrecía el lechuguino sevillano. Sin embargo, manejó los tiempos de una manera que para sí la hubiera querido el ex-lehendakari Ibarretxe. “El Loco” descubrió sólo una parte de su “plan soberanista”, pero no insistió demasiado, ya que aún no tenía la fuerza suficiente para imponerse. Como quedó demostrado con la aparición inmediata de la corriente crítica partidaria de una solución política negociada: La Bandera se le enfrentó, argumentó que eran fieles súbditos de Felipe II y que remontarían el río para encontrar reinos que conquistar. Este personaje tenía sus partidarios y cierta influencia sobre Guzmán, consiguiendo que destituyeran a Aguirre y le nombraran a él como maestre de campo. Además, La Bandera fue el elegido por Inés de Atienza, a la que después de llorar a Ursúa y soportar los insultos de los amotinados, no le quedó otra estrategia de supervivencia. A partir de aquí se desató una guerra fría entre ambos líderes de facción: Aguirre tenía miedo de La Bandera, que a su vez intentaba deshacerse de él, pero era difícil meterle mano, ya que el cojitranco vivía rodeado de una fiel guardia armada y llevaba permanentemente puesta la coraza.

 

El acogedor río Marañón, un placer en barca, visto desde arriba.

Así que nuestro psicópata vascuence decidió solucionar esta disidencia por la vía rápida. Una partida de naipes fue el momento escogido para que los fieles de Aguirre salieran de la maleza y ensartaran a La Bandera y su gente ante los ojos del sorprendido Guzmán. De nuevo se justificó deprisa y corriendo; La Bandera era un traidor que pretendía piratear por el Caribe y huir a Francia (pecado este último especialmente horrible, como toda gente civilizada sabe). Y doña Inés, que a estas alturas ya era una especie de bien de consumo, pasó resignadamente a ser del disfrute de Zalduendo.

 

Ante el espectáculo de las sucesivas “depuraciones”, los marañones, como los llamaba él, cerraron filas con su jefe esperando librarse del degüello, garrote, ahorcamiento, estocada o disparo de arcabuz. Fue entonces cuando Aguirre expuso detalladamente su hoja de ruta. Tras salir al mar Caribe se detendrían en la Isla Margarita, y después caerían sobre el Perú, pero desde la costa, atravesando el istmo de Panamá. Así evitarían la llegada de refuerzos realistas por mar, como había ocurrido en las guerras civiles. Por el camino contaba el Tirano con que se les uniesen los descontentos, los conquistadores desocupados y los esclavos negros con la promesa de su liberación. Quien más o quien menos ya había hecho sus cuentas y decidido a quién iba a matar para quedarse su encomienda, su mujer y sus esclavos en cuanto hubieran tomado el Perú. Pero, de nuevo, para todo esto hacía falta un trámite legal imprescindible, la declaración formal de independentzia. En el documento, los marañones se desnaturalizaban de su señor Felipe II y le declaraban la guerra, nombrando pomposamente a Fernando Guzmán “Príncipe de Tierra Firme y del Pirú y del reino de Chile” para que se quedara tranquilo con la piruleta.

 

Y en este punto seguro que se preguntarán ustedes si esto no tendrá que ver con algún sentimiento protonacionalista, si a ver si va a ser cierto lo que sostiene el PNV, que lo suyo viene del Neolítico o si es que Aguirre estaba totalmente sonado. Vamos, que a qué viene esto. Pues la explicación no hay que buscarla en la voluntad milenaria de un pueblo en marcha ni en los indudables trastornos mentales de El Loco Aguirre (¿a que dicho así parece un guardameta argentino?). Era un paranoico sanguinario, sí, pero no estúpido. Durante las guerras civiles del Perú, Gonzalo Pizarro tuvo muy cerca la victoria final después de acabar con el virrey. Pero dudó a la hora de dar el paso definitivo; proclamarse rey tal como le aconsejó Carvajal. Esta duda resultó a la postre fatal y permitió al Pacificador Lagasca reunir apoyos suficientes como para liquidar a Pizarro Jr (nada como un cura para imponer orden a base de collejas). Esta lección la aprendió muy bien Aguirre, que recordemos que militaba en el bando realista, así que no quiso cometer el mismo error.

 

Aunque cometió el contrario, hacerlo demasiado pronto, como comprobaremos en el siguiente episodio de la aventura soberana de los marañones y las marañonas. Sí, hasta aquí la primera parte, que si no le pongo al asunto un poco de suspense luego no me siguen la bitácora. ¿Conseguirá Aguirre fundar una república vasca democrática, socialista y soberana en medio del río más caudaloso del mundo? No se quejen tanto, si tengo el desenlace casi escrito ya.

De nuevo con todos ustedes un apasionante episodio del no menos apasionante medievo hispano. Como ya habrán podido leer con sus propios ojitos, hace ya como dos capítulos que hemos menospreciado la Reconquista en sí, entendida como “echar a Mohamed de su casa y arrojarlo por el Estrecho”. Pero piensen que por un lado, simplemente estoy reflejando una realidad de la época, que dejó al pobre mahometano el papel de actor secundario, y por el otro, hablo de mitos indisolublemente unidos por los historiadores tradicionales como son la Reconquista y la unidad de ¡¡¡Es-paña!!!.

Cuando nuestros padres llevaban pantalón corto e iban al colegio, o antes, cuando incluso aún no existía el nacionalismo vasco (es decir, en la Prehistoria), se tenía como Verdad Universal Indiscutible que toda la Edad Media hispana estaba inevitablemente encaminada hacia su Destino, que era la Unificación de la Patria. Esto otorgaba la cualidad de adivinos a sus promotores, salvo, claro está, que se parta de la base de que eso de España ha existido siempre. En historiografía, ya algo más moderna y menos ideológica, eso se llama teleología; se tiende a explicar el pasado sabiendo lo que ha ocurrido después, por lo que es frecuente que se interprete mal. Suele olvidarse muchas veces, intencionadamente o no, que los protagonistas de determinadas épocas (todas, vaya) no saben lo que va a pasar en el futuro. No es grave, pasa en las mejores familias. Pero ahora junten esta tendencia con el nacionalismo típicamente español (catalán, vasco o castellano, es indiferente), el de calarse la boina bien fuerte que vienen curvas, y ya están preparados para lo que vamos a contar.

Estamos a principios del siglo XV. En 1409 morirá Martín el Joven, heredero de la Casa de la Corona de Aragón (nombre oficial del invento), dejando a su padre, Ídem el Humano, sumido en la zozobra, ya que Martín Jr. era su último hijo vivo. Se encontraba el hombre ante un problema sucesorio de órdago, porque para complicar más el asunto, gobierna sobre tres territorios con sus propias Cortes, y lo que es peor, sus leyes sucesorias diferentes según tuviera validez la transmisión de derechos por vía femenina (Aragón) o sólo masculina (Cataluña). Lo primero que intentó el Humano fue, a sus más de cincuenta años, casarse con un pimpollito de 21 a ver si podía engendrar. Pero en esas estaba cuando enfermó y murió, no sabemos si del esfuerzo. El caso es que viendo complicada la tarea de preñar a la muchacha, había consultado por adelantado a los mejores juristas del reino, que obviamente no se habían puesto de acuerdo, por lo que los aspirantes menudeaban. Quiso entonces asegurar la candidatura de un nieto bastardo, Fadrique de Luna, pero a tanta nobleza y parentela regia como había no le pareció bien la solución. Así que en el momento de espicharla ya había un par de candidatos firmes maniobrando en la sombra, Jaume de Urgell y Luis de Calabria. Para que se hagan una idea, las últimas palabras de Martín Sr. en su lecho de muerte fueron algo así como que “el reino debía ser para quien en justicia lo mereciera”, traducido al castellano moderno como “haced lo que os salga del pijo, que yo me muero”. No se necesita un máster en Física para deducir que a partir de ahí, maricón el último; las grandes familias y los poderes políticos existentes en toda la Corona se agruparon bajo la bandera de uno u otro.

Por si no fuera lo bastante delicada la situación, dos pretendientes más, que en un principio no parecían tener demasiadas posibilidades, ni habían hecho grandes movimientos en ese sentido, entraron en escena. Uno es Alfonso de Gandía, y el otro,  el poderoso noble don Fernando de Trastámara, más conocido por Fernando de Antequera y por si no bastara con eso, en aquel momento nada más y nada menos que Regente de Castilla.

Fernando era hermano del difunto rey Enrique III, que había tenido el mal gusto de ser padre en 1405 justo un año antes de palmarla, dejando como legado un mocoso de nombre Juan II y a Fernando con un palmo de narices. Así que este tuvo que conformarse con compartir la regencia con la madre, Catalina de Lancaster, con la que previsiblemente se peleó. En el momento de montarse la zapatiesta en el reino vecino, se encontraba haciendo lo que todo noble castellano ambicioso debía hacer para afirmar su autoridad y procurarse prestigio, clientela y propaganda: una campañita por Granada. Llegar, repartir cuatro bofetones con la mano abierta y volverse para Burgos como campeón de la Cristiandad y Pío que te cagas. Concretamente asediaba Antequera (a partir de cuya conquista tomó el apodo de marras), cuando le llegaron las noticias de lo que ocurría en Aragón. En un principio no parecía muy estimulante la aventura, pero hete aquí que los acontecimientos jugarán a favor del castellano: los urgelistas asesinaron al Arzobispo de Zaragoza, partidario de Luis de Calabria, y el riesgo de guerra civil había pasado a Defcon 1. Luis se encontraba fuera de la Península, por lo que mal podía defender a sus partidarios, que automáticamente pusieron sus esperanzas en las mesnadas del ricohombre castellano.

E si vos quisiéredes salvar a don Fernando, llamáredes al 906...

Este es el comienzo de la piedra angular de las discusiones nacionalistas sobre el medievo hispano, el gran mojón en el presunto camino hacia la unificación, el ojo del huracán de la polémica, el Compromiso de Caspe. La más conocida fue la que sostuvo el profesor Sánchez-Albornoz con los historiadores catalanistas, la cual contribuyó a difundir un montón de mentiras sobre el citado Compromiso. Mientras que para Albornoz y los de su cuerda, la decisión de las elites aragonesas demuestra su sabiduría, patriotismo e inteligencia, previendo una futura unión de reinos, y por ello anticipando lo que inevitablemente iba a ocurrir (punto de vista del nacionalismo español centralizador “de toda la vida de Dios”), para los catalanes es poco menos que una humillación y una desgracia: la rendición de Catalunya, la puerta de entrada de la “ocupación” castellana, la raíz de la pérdida del carácter nacional y la muerte de 10.000 gatitos. Como ven, dos interpretaciones interesadas, sesgadas políticamente, partiendo del resultado final, y profundamente histéricas. Vamos a desmontar esos mitos urgentemente, que no se diga.

En primer lugar, es cierto que el de Antequera era un príncipe castellano, y por lo tanto, extranjero. Sin embargo, esto no se veía entonces como un problema ni se interpretaba desde una perspectiva cultural o nacionalista; si tenía derecho legal a ocupar el trono (y esto se lo otorgaba únicamente el grado de parentesco), daba exactamente igual de dónde fuera a la hora de decidir. Por esto no es raro encontrar casos de entronizaciones de gente nacida fuera (los navarros coronaron a Teobaldo de Champaña, un francés), por no detenernos en la ingente cantidad de reinas consortes francesas, inglesas, alemanas o incluso húngaras que pueblan la historia medieval hispana. Por otra parte, el hándicap principal de Fernando y origen de la debilidad inicial de su candidatura era la línea femenina de transmisión del derecho al trono, pero esto mismo demuestra lo que yo ya les vengo diciendo desde ni sé; las altas esferas de los reinos hispanos llevan tiempo entremezclándose entre ellas, y por eso Fernando de Antequera resulta ser familia de la casa real aragonesa. Esta debilidad se convirtió paradójicamente en una baza inesperada, puesto que a ojos de la nobleza aragonesa, catalana o valenciana le hacía parecer más manejable. Acceder a la corona en posición de inferioridad y por la gracia de la nobleza ponía al futurible en manos de ésta, o al menos así lo pensaron. Por otra parte, se trataba del noble más poderoso y rico de Castilla, toda una garantía de protección. En resumen, tal como se desarrollaron los acontecimientos, era el candidato más conveniente.

Por su parte, los historiadores catalanes insisten en la “rendición” de Catalunya, pero como suele ser habitual, están recurriendo al antropomorfismo, otorgando a un ente intangible y abstracto cualidades humanas. No hay una cosa animada que se llame Catalunya y que decida unitariamente por sí sola: la realidad es que el candidato favorito de los nacionalistas modernos, Jaume de Urgell, no gustaba a muchos catalanes, ni respondía a las aspiraciones de los mercaderes (véase si no el éxito de su postrera rebelión). No había un “frente común”, ni una “unidad”, ni nacional ni nada. Por no mencionar que tienden a olvidar que había otros dos reinos en la decisión y que el Papa andaba de por medio. El argumento del camino a la unidad es igualmente absurdo; nadie preveía una unión futura de reinos, ni un “surgimiento” nacional, ni siquiera el Trastámara triunfante. Para él era una oportunidad de disponer de aliados y  recursos del reino vecino y destinarlos a su proyecto vital, que era controlar el reino de Castilla, como veremos.

Los Trastámara, retrato familiar. De derecha a izquierda, Alfonso, Juan, Sancho y María

Y una vez desbaratados los argumentos anacrónicos, seguiremos con el relato desde la perspectiva medieval. Los ex-calabristas pidieron socorro a Fernando, así que las tropas castellanas entraron en Aragón en 1411 para “garantizar la seguridad” del proceso. Para entonces la división era tal que se habían formado dos parlamentos diferentes en Aragón y dos en Cataluña, mientras en Valencia no se habían puesto de acuerdo ni en la composición de uno. Este es el momento que escogió Fernando para movilizar todos sus recursos; se atrajo a su bando a Benedicto XIII (el Papa Luna), que tenía un pequeño cisma con Roma y Avignon entre manos, prometiéndole el necesario apoyo de los dos reinos, y gracias a la demostración de fuerza consiguió que los aragoneses se decidieran en Alcañiz a designar tres representantes. Además, enviaron emisarios a los reinos restantes para comentarles que, o designaban cada uno los tres suyos, o decidían los aragoneses en calidad de cabeza del reino. Así que deprisa y corriendo cada reino envió sus tres jurados a Caspe a decir la suya.

La votación de los nueve elegidos para la gloria reunidos en Caspe no deja lugar a dudas. Los tres aragoneses votaron por Fernando. De los valencianos, los dos hermanos Ferrer (el santo y el normal), ambos hombres del Papa, también; el otro era un jurista al que dieron la baja por locura, y que yo me juego algo a que lo que tenía eran cagarrinas. Fue sustituido por uno que prudentemente, ante la magnitud del last time brown, se abstuvo. De los catalanes, uno votó por el castellano, el otro por Jaume de Urgell y el tercero hizo una cosa rara, votar por Urgell y Alfonso de Gandía a la vez. Por cierto, que estos dos últimos emisarios hicieron constar que su voto quizá no era por el candidato más conveniente, señal de que primó la utilidad política por encima del complicado derecho dinástico. Por 6 votos sobre 9, y al menos uno de cada reino, Fernando de Antequera fue proclamado Rey de Aragón.

El nuevo monarca procedió a catar el grosor y la textura del barrizal aragonés bien pronto. El reino atravesaba una grave crisis económica y social (como Castilla, ya saben) con varios conflictos pendientes, sobre todo en Cataluña. En primer lugar, el Trastámara quería seguir una línea de fortalecimiento regio, y los estamentos del reino, continuar con el pactismo y bájate los pantalones que para eso nos debes el trono. Lo primero que le puso la Diputació de lo General (precursora de la actual Generalitat) ante los morros fue un pliego de concesiones y una petición para que suspendiera la política de recuperación de patrimonio regio del anterior monarca. Después de unos años de desacuerdos, va Fernando y se muere sin dejar nada resuelto, salvo dos cosas. La primera, al aterrizar con toda su gente y por el efecto peloteo, las elites del reino adoptaron el castellano como lengua habitual de la corte. Este y no otro relacionado con las armas (como suelen aducir los catalanistas) es el verdadero motivo de la expansión del castellano, que para colmo, al aumentar las relaciones comerciales con Castilla se extenderá aún más, no siendo infrecuente en las ciudades y los caminos reales. La segunda, colocar bien a la familia: su hijo primogénito Alfonso V será rey de Aragón, y sus otros hijos (Enrique, Sancho y Juan), nombrados “infantes de Aragón”, acapararán el poder nobiliar en Castilla. Por último, casará a su hija María con el rey castellano, menor de edad, esperando completar algún día el monopolio del poder con un mocosete de la familia.

Alfonso va a lidiar con una situación complicadísima. Por una parte, debe atender los asuntos mediterráneos, léase guerra con Génova, a la que se añade pronto una interesante opción de hacerse con el cromo de Nápoles; el rey se larga a dar piñazos  en ultramar en 1423 y gobernará por delegación su mujer, María. Pero para estas campañas necesita un dineral, así que se vuelve vulnerable al poder de la nobleza catalano-aragonesa. Por ello, y porque sigue empeñado en recuperar poder quitándoselo a los nobles, buscará otros apoyos que encontrará en la cuestión de los pageses de remensa. Estos pobres, sujetos a los “usatges” nobiliares, no podían moverse de las tierras de su señor a menos que pagasen una remensa o rescate en dinero que no tenían. La atracción de la ciudad de Barcelona era grande, y la “inmigración ilegal” era fuente de infinitos conflictos; organizados en Sindicatos y ayudados por agentes del rey, los campesinos ofrecerán dinero a Alfonso para comprar su libertad. Cosa que los nobles tratarán de impedir, ofreciendo más, mientras el rey se vende al mejor postor; como resultado, la nobleza se divide en dos facciones, pro y contra el monarca. Barcelona se encuentra dividida también en dos bandos, la Busca y la Biga, patriciado urbano contra artesanos y comerciantes, en lucha por el poder urbano. En resumen, en las Cortes de 1454-58, presididas por un escocido Juan en nombre de su hermano, el reino se encamina hacia la guerra civil a pasos agigantados.

Pero ahora haremos una pausa dramática, rebobinaremos la cinta y veremos lo que pasa mientras en Castilla, porque ahora que hay Trastámaras gobernando por todas partes, la política peninsular se relaciona (y embrolla) más que nunca. He dejado aparte adrede un último frente que tuvo que lidiar Alfonso V; la situación en Castilla. Allí dijimos que el poder lo acaparaban sus hermanos, los infantes de Aragón: Enrique es maestre de Santiago, y Juan se convertirá además en rey consorte de Navarra. Contra la influencia de estos dos pájaros sobre el preadolescente Juan II, se alzará la figura de don Álvaro de Luna (aragonés, de la familia de los Luna…¿ahora pillan lo del Papa Luna? ¿Y lo de los veintipico Luna que he mencionado ya?), su privado, condestable de Castilla y aglutinador de descontentos. Este autoritario arribista consiguió derrotar en primera instancia a los infantes y mantener a Alfonso V alejado de la política castellana. No sólo eso, sino que se permitió el lujo de alicatar la cara a leches a los granadinos, por aquello del prestigio. Con él en el poder, todo es guerra y tranquilidad en Castilla.

Pero en la segunda parte, “El Trastámara contraataca”, Enrique y Juan (que por si fuera poco lo de Navarra, es nombrado en 1436 por Alfonso lugarteniente de Aragón y Valencia), aliados con su hermana María, la mujer del rey, regresan para enfrentarse a Álvaro y Juan II y fuerzan el destierro del valido en 1441. Juan Vader de Navarra y Etc quedó en poder del reino y del monigote regio. Sin embargo, en “El retorno del Luna”, Álvaro vuelve y conspira para enfrentar a los hermanos entre sí, consiguiendo que Juan Vader y Tal se vuelva paranoico y finalmente secuestre al rey, excusa perfecta para echarle los perros encima; el bando realista gana en Olmedo (1445), Enrique muere y Juan sale definitivamente de Castilla para irse a Navarra a liarla parda (por donde pasa este tipo crecen las guerras civiles), y de rebote, derechito a Aragón a presidir las Cortes esas que dejamos en suspenso, volviendo elegantemente al punto de partida del flashback como si fuera esto una serie de la HBO.

Álvaro Jedi de Luna es el vencedor final de esta larga saga. Tras el triunfo absoluto, su excesivo poder le atrajo la enemistad del príncipe heredero Enrique (el futuro Impotente), su mujer Isabel de Portugal y su favorito, Juan Pacheco. Estos tres y su gente presionaron a Juan II para que condenase y ejecutase a su privado en 1453. Al año siguiente moría el simpático monarca de tan firmes convicciones, arrepentido de su “hazaña”. Como ya les dije, una continua guerra civil, durante la que curiosamente la economía del reino se recupera (no así la aragonesa, ya se lo habrán imaginado estando Juan Vader, alias Mr. Civil War, por allá), para cuando Isabel de Castilla ponga el punto y final a las peleítas. Pero eso será en la próxima entrega, donde haremos lo propio con la serie, en apoteosis de Españolía y Olé.

En nuestro recorrido por los campos de batalla de la historia mundial que a mí más me gustan, esta vez nos toca desplazarnos un poquillo hacia el Oeste, dejando a todos esos imperios orientales tan metrosexuales con sus arqueros en vaporosos y coloridos tules, y centrarnos en esos tipos tan peculiares, los belicosos, orgullosos, originales, equívocos e inclasificables griegos. No se sonría tanto, que usted ha heredado buena parte de su cultura, gracias a los romanos.

La historia de la Grecia Antigua está llena de sustos y sobresaltos, pasando por muchas fases donde la sociedad se organiza de formas bastante diferentes. Lo cual tiene por supuesto su reflejo en la cosa bélica; es lógico pensar que, aunque se avance despacio tecnológicamente hablando, más de 1.500 años dan para bastantes cambios. Así que si me sale más de un capítulo sobre la Hélade, luego no se sorprendan, y si no, prueben a condensar tanto tiempo en dos o tres mil palabras, listos.

Lo primero sería preguntarse de dónde viene esta gente, pues todos sabemos que los únicos europeos que ya estaban allí de siempre son los vascos. Se cree que los proto-griegos son, como casi todas las poblaciones antiguas del continente, una rama de los indoeuropeos, un conjunto de pueblos que migraron desde no se sabe bien dónde (hoy se apunta al sur de Rusia y Ucrania, tradicionalmente se hablaba de las regiones indoiranias) en varias oleadas desde el 4.000 al 1.000 a. C. más o menos. Estos chicos igual les suenan, porque en su día se les dio el nombre de “arios”, y ya conocen las risas que hubo después con las teorías raciales sobre ellos. El caso es que un grupo se asentó en los Balcanes, y de él derivó lo que su descubridor llamó civilización Micénica (1.500-1.100 a. C.) y que nosotros conocemos por la Iliada, la Odisea y en última instancia, por Brad Pitt en casco y taparrabos.

El principal problema para estudiar la Grecia micénica reside en que durante muchísimo tiempo la única información disponible fueron precisamente los mentados poemas homéricos. Que consistían en un montón de versos que hablaban de cosas que pasaron en el siglo XII a. C., recitados de memoria desde el IX a. C. y puestos finalmente por escrito en el VII a. C. aproximadamente, aunque los expertos aún se pelean sobre la cuestión. Además, hasta que el visionario y empecinado señor alemán Heinrich  Schliemann descubrió las ruinas de Troya y Micenas, no había ni un sólo dato arqueológico que apoyara el texto y por tanto se pensaba que era todo puritita ficción. No es tan extraño, porque ya se figurarán que con semejante historial, los poemas están llenos de anacronismos y los estudiosos se las ven y se las desean para separar cuáles son costumbres verdaderamente de época micénica (donde tuvo lugar el relatado asedio de Troya), cuáles son de la Edad Oscura (la que sigue a la brusca caída de esta civilización pregriega) y cuáles de la Edad Arcaica, donde los griegos ya se han desembrutecido algo, han redescubierto la escritura y comienzan a surgir las primeras polis. Yo no voy a ser una excepción, por lo que explicaré un poco de la confusa historia griega hasta la época de escritura de los poemas, y luego ya veremos qué va en cada sitio.

La Grecia micénica se dividía en estados agrupados alrededor de un impresionante palacio fortificado (Micenas, Tirinto, Pilos…), desde donde se dirigía toda la vida política, económica y social. Se trata de sociedades guerreras, dirigidas por un rey-juez-sacerdote supremo (wanax). Estas gentes representan la Edad del Bronce griega, y se expanden comercial y militarmente (estos dos términos son intercambiables) por el Egeo; ocuparán la isla de Creta, sede de otra floreciente civilización, la minoica, y tendrán algunos conflictillos de nada con algunas ciudades de la costa de la actual Turquía, como Ilión/Troya. Aunque la leyenda afirme que fue por una mujer, se cree que fue justo por la otra causa universal por la que empiezan todas las peleas, por dinero: la ruta comercial del metal del Mar Negro estaba en juego. Hoy se cree que Troya era una ciudad en la órbita del Imperio hitita y que la guerra debió transcurrir allá por el XIII o XII a. C. El caso es que en esta última época, algo gordo ocurre en el Mediterráneo Oriental, y aún no se sabe muy bien qué; ya mencionamos el hundimiento de los hititas de otros imperios de la zona, de las alusiones a los misteriosos Pueblos del Mar, de desplazamientos de pueblos de aquí para allá…hasta la caída de la propia Micenas. Mientras que se ha tratado de identificar a los micénicos como autores intelectuales y materiales de algunas de estas destrucciones, resulta que ellos mismos acaban siendo destruidos a su vez, y claro, no se tiene ni idea de la causa, del perpetrador ni de la matrícula del vehículo que huía de la escena del atropello (aunque los griegos se referirán después a “invasiones dorias”, pero como los dorios ya estaban allí antes…en fin, un lío). El colapso es además espectacular; los palacios son arrasados, las poblaciones degeneran en aldeas pequeñas de pobre cultura material (léase jarrones, cabañas y esas cosas de uso diario); esta época es conocida con el original nombre de Edad Oscura. A finales del siglo IX a. C. encontramos a los griegos organizándose alrededor de oikos, de los que ya hablamos un poco aquí, con estructuras más complejas, templos, escritura y todo lo demás. Estos predecesores de las ciudades-estado están también regidos por un patriarca, jefe de la casa y por tanto, caudillo militar en las operaciones bélicas de cualquier tipo.

Hot.tia, creo que he pisao algoooo...

Y después de este breve resumen, o larga introducción, según se mire, vamos a tratar de explicar cómo funcionaba el “arte de la guerra” en la Grecia más antigua. Los ejércitos de la Iliada se componen de los héroes de turno, líderes de los estados presuntamente micénicos, y de la tropa, que hace de bulto, atrezzo, hamburguesas o como quieran llamarlo. Lo curioso del caso es que estos tipos protagonistas, los reyes, príncipes y sus familias, aparte de ir forrados de bronce, usan carros de guerra, como en la tradición oriental. La diferencia es que los emplean sólo para trasladarse al combate; si han leído el poema, verán que Aquiles y compañía desmontan elegantemente del trasto para proceder a machacar cabezas y esparcir intestinos por el terreno. Los combates son individuales, siempre entre los líderes, ya que de la chusma no se nos dice mucho; no parece haber ningún despliegue, ni tácticas ni nada de nada. Aunque seguramente las hubiera, pero claro, hablamos de un poema épico de época remotísima; las que interesan son las heroicas elites. Una costumbre muy antigua que figura en el texto es el encarnizado combate alrededor de los caídos. Cuando un personaje muere, tanto enemigos como compañeros tratan de arrastrar el cadáver, como una especie de trofeo, hacia sus líneas, disputa que genera nuevos duelos, cabezas chafadas, vísceras excursionistas y cosas así. Se trata de apropiarse de las carísimas piezas de bronce que viste el muerto; un casco, unas grebas o una coraza valen un potosí. Otro detalle interesante consiste en la inexistencia de la caballería; todo el combate narrado es de infantería.

¿Qué hay pues de cada época en los poemas? Conforme nos acercamos a la Edad Arcaica, con la aparición de las primeras polis, y empezamos a manejar de nuevo testimonios escritos y arqueológicos, podemos ir separando algunas cosillas. De época micénica sería el uso del carro, elemento de prestigio prácticamente inútil en un terreno accidentado y pedregoso como es Grecia (antes de lanzarse a mi yugular como fierah, tengan en cuenta que aunque el escenario sea Troya, todo lo que se narra en la Iliada es 100% griego, incluso los troyanos), además de la ausencia absoluta de caballería. El soldado micénico es un infante, armado con lanzas y jabalinas, generalmente, y protegido por un enorme escudo de cuero y madera en forma de 8 que le cubre casi todo el cuerpo. Esto, además de por motivos de defensa personal, tiene una razón económica: al estar ya arropadito, sólo con un casco o unas grebas de bronce ya tenemos a nuestro hombre completamente acorazado, ahorrando un montón de metal. Por ello era bastante corriente que el aqueo en cuestión combatiera en pelota picada; sólo los grandes personajes llevaban corazas de bronce. ¿Lo del 8? Pues para sacar la lanza por el hueco, hombre.

Después del paréntesis de la Edad Oscura, en la que como su nombre indica, no se ve un carajo, a comienzos de la Arcaica encontramos un panorama un poco diferente, pero no demasiado. El combate sigue siendo de infantería en buena parte, no demasiado organizada, ni muy pesadamente armada (ya que hablamos de unidades políticas pequeñas y autárquicas, donde es difícil poseer la infraestructura necesaria para fabricar una cantidad apreciable de piezas metálicas grandes). Los individuos de cierto poder adquisitivo se pueden permitir alguna alegría armamentística, pero la infantería pobretona consiste en algo tan sofisticado como lanzadores de pedruscos y otros proyectiles. Sin embargo, hay una innovación sin duda traída de Oriente: las elites combaten ahora a caballo. Poseer una montura es muy caro, un símbolo de prestigio al alcance de unos pocos, por lo que son las clases más altas las que monopolizan el arma de caballería; este estado de cosas se perpetuará con sus correspondientes vaivenes hasta principios del siglo XX. Como cualquier avispadillo comprende, en un mundo donde la infantería es ligera y va poco armada, el caballo es el dueño del campo de batalla: durante algunos siglos el que tenga más y mejores jinetes, tendrá todas las de ganar, pues nadie está en condiciones de resistir una carga de caballería.

Muchachote espartano, con toda la impedimenta

Pero con el crecimiento y la complejidad creciente de las polis, esto va a cambiar. El aumento demográfico o económico y las nuevas formas políticas se traducen en nuevas formas de combatir. Para entenderlas primero hay que fijarse en cómo se organiza la sociedad griega clásica, pero no se preocupen que no voy a darles la chapa con las reformas de Solón en Atenas, y todo eso; liquidaremos el proceso en pocas líneas. Una ciudad-estado griega comprendía la propia ciudad y las zonas rurales colindantes, siendo su base económica agrícola (más) y comercial (bastante menos). La sociedad se divide en clases según sus ingresos económicos. Los aristócratas y los propietarios agrícolas más ricos forman las superiores, y acaparan por tanto los derechos políticos, que pueden ejercer porque no tienen que currar y disponen de tiempo libre, formando el cuerpo de ciudadanos. Pero también se reservan el privilegio de defender a la polis, ya que son los que se pueden pagar el armamento. Si recuerdan lo que hablé sobre las ciudades mesopotámicas, aquí también se puede aplicar: los miembros de la polis se identifican absolutamente con ella. Para un ateniense, corintio, argivo o espartano, la polis es su universo. Su prestigio, su virtud y su consideración como persona depende de lo que piensen de él sus convecinos. Así que cuando crean que la comunidad está en peligro, acudirán todos a defenderla, los más privilegiados primero, lógicamente, pues los intereses propios se identifican con los de la ciudad. Y por supuesto, los que viven juntos, también pelean juntos.

Así que hacia el 700 a. de C., empieza a aparecer en los campos de batalla la formación típica conocida por todos: la falange de hoplitas. Los primeros en emplear las nuevas tácticas son los argivos, en su guerra con Esparta. Los lacedemonios llevarán tal mano de guantazos que, profundamente impresionados, copiarán las mismas innovaciones, sentando las bases de su simpático sistema esquizo-militarista. El equipo completo (también llamado panoplia) y la forma de combatir de un hoplita es la propia de un soldado-ciudadano-agricultor: el componente básico y principal es el hoplón (de ahí el nombre del recluta), el pesado escudo de madera o bronce, que le cubre desde la barbilla hasta la espinilla. Este trasto infernal es mucho más que una pieza individual, es el símbolo de la colectividad griega en combate. Dado que los hoplitas se despliegan apretaditos en formación cerrada, estos escudos no son sólo la protección propia, sino la del compañero de al lado. Perderlo, o peor aún, tirarlo en plena retirada es un acto de cobardía y de traición a tus conciudadanos, algo indigno impropio de un griego, y de ahí lo de volver con tu escudo o sobre él.

Machaira griega, copiada por los griegos, reintrepretada por los romanos, etc etc

Machaira griega, copiada por los iberos, a su vez reinventada por los romanos, etc etc

El arma ofensiva era la lanza, de unos 3 metros de largo, que asomaba por entre la muralla compacta de escudos. El casco típico era el tracio o el corintio, y se completaba el asunto con grebas, para tapar lo que sobresale (de la proteccióoooon del escuuuuudo, malvados). Todo de bronce, y como ya hemos dicho, cuanto más pobre el soldado, menos vistoso y metálico el equipo. De hecho, muchos lo heredaban de padres o abuelos y lo cuidaban como oro en paño. Quitando las corazas de prestigio de las elites, o la protección de cuero de las clases “medias”, los menos pudientes vestían túnicas o directamente iban desnudos, cosa que en la época de la postguerra del Peloponeso se consideraba ya una extravagancia clasicista, más de tipo homérico. Piensen que la prosperidad económica de las polis más grandes conllevará un aumento de la disponibilidad de armaduras y diverso material blindado para hacer pupa.

Al alinearse todos en falange cerrada y compacta, aquello tenía un aspecto de erizo acorazado bastante impresionante, con las lanzas asomando en la dirección deseada y el muro de escudos protegiendo a los combatientes. Es lógico que la caballería perdiera su papel preponderante, porque a ver quién es el guapo que estrella los caballos contra cientos de puntas de lanza; antes de poder llegar a tocar al hoplita enemigo, montura y jinete suelen verse empalados tranquilamente. Por otra parte, la infantería ligera no era rival para una formación de este estilo; habitualmente unidades “lanza proyectiles”, estaban lejos de provocar graves efectos, como se demostró en las guerras contra los persas, ya que los arcos ligeros y las hondas carecían de la fuerza suficiente como para conseguir que el proyectil penetrase adecuadamente (en la masa de hopliiiiiitas, malpensados) y produjera  daños de consideración. Y por supuesto, los soldados persas con espadita y sin protección digna de tal nombre, aunque se movían más rápido, no podían resistir el impacto contra los griegos.

Así que el combate se reducía en líneas generales a un choque frontal de infantería pesada, o lo que viene siendo empujarse mutuamente: las lanzas crujían al romperse, buscaban los huecos y los escudos chocaban uno contra otro, mientras algunos de las primeras filas caían. Hasta que una de las falanges cedía ante la presión enemiga. Entonces, la línea se rompía y los hoplitas derrotados tomaban las de Villadiego, momento en que perdían su virtual invulnerabilidad.  En este instante, la caballería, los peltastas (infantería ligera armada con jabalinas cortas o piedras), e incluso los propios hoplitas dejando lanza y escudo a buen recaudo y tomando la espada (xiphos o machaira, que como ven en la imagen fueron anarroseadas por los iberos, en Iberia que invente otro), se lanzaban en persecución de los que huían. Este era el punto de la batalla en el que se producían mayor número de bajas.

Hay que recordar que el combate hoplítico es principalmente una guerra de campesinos pudientes, por lo que tenía lugar cuando el buen tiempo y las labores del campo lo permitían, es decir, una breve franja en verano antes de la siega. Por este motivo, ya que tanto amigos como enemigos tenían que atender sus tierras si es que no la diñaban patrióticamente, las guerras se decidían en unos pocos encuentros singulares, si bien podían durar muchos años debido al estrecho calendario disponible para pegarse. Cada año se procedía de igual modo; el ejército se ponía en marcha hacia el territorio de la polis enemiga, llevando sus esclavos portadores del pesado equipo y hacía algunas putadillas para obligar al enemigo a salir a combatir. Ya saben, arrasaba los campos sembrados, mataba el ganado y esas cosas. Cuando el contrincante salía, tenía lugar la batalla, que no solía durar más de una horita de empujones. Se consideraba una derrota cuando se abandonaba el campo, generalmente en desorden. Si se podía, al perdedor se le perseguía un poquito o se le saqueaba el campamento, pero no era costumbre aniquilar metódicamente; para certificar la victoria de forma válida y correcta, bastaba con erigir una columna dedicada a los dioses en el lugar del combate.  Después, se negociaba la recogida de los cuerpos, ya que los griegos procuraban enterrar a sus caídos en su patria. Cuando alguna de las polis contendientes andaba ya escasa de recursos, materiales o humanos, terminaba la guerra y se pactaba un tratado de paz. Como ven, todo muy campechano y sanote.

Esta forma tan curiosa de guerrear sufrirá sofisticadas transformaciones a medida que las ciudades importantes van abriéndose al comercio internacional a gran escala, acumulando masas de esclavos que hacen el trabajo duro y participando en conflictos internacionales. En la época de las guerras del Peloponeso vamos a ver nuevos escenarios bélicos, como el asalto de ciudades, con sus modernas máquinas y técnicas de asedio, o la creación de poderosas marinas de guerra que convulsionarán la escena política: en Atenas, las clases humildes (los thetes), que hasta entonces no combatían, se enrolan en masa en la flota que Temístocles pone en pie para salvar al Mundo Libre de los persas y que cosecha la decisiva victoria de Salamina. A partir de entonces, todos los ciudadanos libres de la polis participarán en política. La marina es la democracia, señores, los hoplitas la oligarquía rural. Como resultado de las coaliciones y alianzas los ejércitos se agrandan, aparecerán nuevas tácticas de importación y la falange hoplita pierde protagonismo.

Batalla de Leuctra, los azules de cabeza gorda son la falange tebana.

Tras la durísima guerra del Peloponeso, la igualdad de fuerzas (por lo bajo) de las polis supervivientes, dará lugar a un escenario geopolítico muy difícil, con multitud de conflictos y no demasiados recursos disponibles. Por tanto es necesario apretarse el cinturón y rascarse las meninges para optimizarlos. En la guerra entre Esparta y Tebas cristalizará el declive del sistema hoplítico tradicional y lo hará de forma dramática (a la griega, vaya). Batalla de Leuctra, 362 a. C. Epaminondas, strategós tebano, se enfrenta al marrón que suponen las terroríficas falanges de homoioi espartanos, y lo hace con menor número de tropas, encima. Así que al hombre no le queda otra que ser creativo para salir del paso, veámoslo.

Una falange típica es una formación toda cerrada y cuadradita ella, que se desplaza lentamente fiada en la gran dificultad para meterle mano. Además, tiene cierta tendencia a torcerse a la derecha cuando se mueve, ya que cada soldado está protegido por el escudo que sujeta en su mano izquierda el compi de su derecha, por lo que instintivamente uno se arrima hacia ese lado. Esto se compensaba poniendo a los veteranos en la derecha, porque como no iban acojonados, no se desviaban. Bueno, pues Epaminondas hizo una cosa rara; desequilibró la falange tebana y se ciscó en el cuadrado mágico, poniendo 50 filas en la izquierda y dejando el centro y la derecha en formación escalonada más retrasada. Al impactar con el enemigo, la fuerza de tantas filas hizo polvo la derecha espartana, donde como acabamos de ver se concentraban las tropas de elite. Para cuando el centroderecha tebano (no, no hablo de política) llegó a contactar con el contrario, éste estaba ya hundido en la miseria. Concentrando en un punto y aligerando en el resto, el listillo este consiguió infligir una derrota apoteósica a los madelman de la época, acelerando su hundimiento.

Pues bien, un tipo que por aquél entonces era un aristocrático rehén-huésped de Tebas, y aún más listillo que Epaminondas, tomó buena nota de todo este descubrimiento de aligerar la falange, desplegarla en oblicuo y reforzar puntos concretos. Cuando volvió a su hogar se dedicó con ahínco a reformar la “institución” y hacerla más ligera y maniobrable, para usarla en sus planes de dominación mundial, o lo que es lo mismo por aquellas fechas, griega. El resultado fue un ejército prácticamente invencible. Me refiero a Filipo de Macedonia, igual les suena, y a su grupo de malditos bastardos. Pero esto lo veremos en el próximo episodio, “Macedonios a vencer”.

A finales del siglo XIII tenemos ya a los cristianos tocando a las puertas del último reino musulmán superviviente, el de Granada. Ya era hora, dirán ustedes, que llevamos nada menos que ocho entregas y esto se alarga. Pues más se va a alargar, porque como ya apuntamos en la anterior entrega, pero se lo refresco porque mi ritmo de publicaciones va como va, la cosa se atascará un par de siglos más.

¿Y esto por qué? Entre otras cosas, porque la tozuda realidad socio-económica de la escuela marxista se va a imponer otra vez, pero como yo sé que a ustedes no les van mucho las profundas y apasionantes reflexiones sobre índices de precios del trigo, las aderezaré con sus consecuencias más visibles: las peleas entre reyes y nobles. Hemos llegado a la época que esos señores con pajarita, suéter de rombos y gafas redondas llaman la Baja Edad Media, y que se caracteriza por ser una auténtica desgracia, además de contener una de las crisis más galopantes de la Historia; la del feudalismo.

En resumen, habíamos dejado a la Europa cristiana, incluida esta revoltosa península, en plena fase de expansión: los campesinos, con el señor detrás dándoles collejas para que trabajen más, roturaban todas las tierras que podían. Se instalaban donde fuera y a golpe de azada, deforestación, desecación de pantanos y lo que hiciera falta, la buchaca del señor feudal crecía a la vez que lo hacía la población. Toda esta idílica estampa de feudalismo floreciente en continuo crecimiento chocará con el señor Malthus, allá por el siglo XIV. Llegado al umbral máximo que puede soportar el sistema económico medieval, con un rendimiento de la tierra de bastante ascopena, entramos en un ciclo de hambrunas, altísima mortalidad, debilidad y flojera general. Bastan unas pocas malas cosechas seguidas para que el personal muestre una preocupante tendencia a morirse y dejar los campos abandonados. En medio de esta bonita coyuntura, y cumpliendo con el famoso teorema de “A perro flaco…”, hará su aparición en Europa la famosísima Peste Negra, que no es una, sino varias, y que desde 1348 dejará a la famélica población europea en aproximadamente la mitad, que se dice pronto. Háganse una idea de la tragedia, pensando que habrá ciudades que pierdan al 75% de sus habitantes.

Vale, bueno, todo esto está muy bien, y lo hemos entendido, pero ¿qué incidencia tiene en la estructura social y económica medieval? O dicho en menos finolis ¿cómo se traducen estos procesos en el mundo concreto de las personas humanas? O menos fino aún, ¿qué carajo pasa? Pues tenemos que explicarlo en términos de clases dirigentes, porque hay que recordar que vivimos en un mundo y una época donde el 10% de los seres humanos manejan el cotarro. No, como ahora no, que el 90% restante aún pintaba menos que hoy. De hecho, no pintaban; es la crucial diferencia entre ciudadano y súbdito, entre poquito y nada.

Ese grupo de elite, como ya saben, lo forman el alto clero, la nobleza y las casas reales. Y los reinos hispanos no son una excepción. Hemos visto cómo los nobles eran los grandes beneficiados de la expansión hacia el Sur, puesto que los reyes solían necesitar sus servicios, no en vano forman la clase militar, y el núcleo del sistema feudal. Estos servicios, incluidos en el pack del pacto de vasallaje, se hacían pagar con rentas y fueros (sí, de aquí vienen muchos “derechos históricos”), que como se pueden imaginar iban en consonancia con el grado de apuro del monarca de turno. ¿De dónde proviene este ansia nobiliar de acumular tierras y honores? Pues en pocas palabras, el estatus de noble llevaba asociados unos gastos en prestigio tremendos, por lo que cualquier ingreso era poco para sufragar el tren de vida que debía llevar un miembro de la nobleza, acorde con el rango; castillos, ropajes de lujo, objetos preciosos, mesnadas de guerreros, liberalidades (es decir, un noble TIENE que gastar como un marajá)…obviamente los reyes eran los que más gastos tenían, así que en su caso el problema era casi catastrófico. Así que no es tan estrambótica la costumbre de legislar la ropa que podía vestir cada clase social o limitar las visitas del noble de turno a la corte, con un séquito de cien personas a gastos pagados durante unos mesecillos. ¿Lo pillan, no?

Bien, pues ahora imagínense que empiezan a morirse los campesinos y a menguar los ingresos. Los nobles se lanzarán a una feroz extorsión de los que quedan; tratarán desesperadamente de fijarlos a la tierra, perseguirlos…en definitiva, lo que se conoce como recuperar los llamados “malos usos”. Estos incluían lindezas como impedir que emigrasen, tener que pedir permiso para casarse, poder apalearlos sin injerencias, catar a la esposa, robarles lo poco que tenían, etc. Por otro lado, la carrera para acumular tierras será también cruel y despiadada. Seguramente se imaginarán que lo lógico es que en tales circunstancias se produjera una conquista rápida y fácil de los restos de Al Andalus, de saldo en la sección Oportunidades.

Pues no, porque vamos a introducir otro dramático evento típico de la política medieval, que se combina perfectamente con el matrimonio (¿se acuerdan?) para causar estragos familiares equivalentes a cuatro culebrones de televisión autonómica: las minorías de edad regias. Cada vez que un rey la palmaba dejando un menor como sucesor, causaba varios terremotos de grado 17,5 en la escala de Richter en el reino, puesto que la nobleza aspiraba y conspiraba, quitando, poniendo y apoyando candidatos, y de paso, vendiéndose al mejor postor y apropiándose con mayor o menor disimulo de todas las tierras y rentas que pudiera. Resultado; el reino como un solar y la política real paralizada. Generalmente si no había una guerra civil, al cumplir la mayoría de edad el monarca se encontraba al mando de un desastre, hipotecado hasta las cejas y con un margen de maniobra similar al de un madrileño conduciendo por la M-30 hacia el curro un lunes a las 9. Resumiendo, era mucho más atractivo pescar a río revuelto que conquistar Granada.

Bien es verdad que la actitud de la nobleza va a ser especialmente irritante, como veremos (con mención destacada para la aragonesa), pero tampoco es que las casas reales  tengan precisamente una gran preocupación por el bienestar de los humildes. Es más, los gastos de la Corona son mucho mayores, ya sea en prestigio (una coronación o una boda real pueden ser la ruina), o bien en el sumidero de la política internacional: una guerra, una cruzada, unos derechos a tal o cual ducado costaban una fortuna. ¿Cómo se financiaba el rey? Pues reuniendo a las Cortes, léanse las elites, y diciendo algo así como “Hala, aflojad 400.000 ducados para la candidatura de mi hijo al trono de Patatín”. Generalmente la nobleza replicaba con un “Muy bien, pero antes, firmad esto, esto y esto, y concededme tal o cual derecho”, todo esto tras arduas negociaciones, dimes y diretes. Sin embargo, durante los siglos XIV y XV, con la crisis del feudalismo, que afectará especialmente a la nobleza, los reyes van centralizando funciones y tratando de acumular el poder del Estado clásico en sus tres patas: Hacienda, Justicia y Milicia.

- Y los Lara le piden un ducado, una posada, un molino y un Jacuzzi, don Alfonso – Qué ganas de abdicar me entran a veces

Ahora que ya hemos comprendido en toda su magnitud la política medieval, podemos detenernos en menesteres más concretos, y ver cómo funciona esto en la vida real. Para ello, tomamos carrerilla y nos situamos un poquillo antes, concretamente a mediados del XIII en pleno furor reparte-leches. Decíamos que había dos reinos mayores, y decíamos que en menos de lo que tarda un Francisco Franco en morirse, los cristianos conquistan lo habido y por haber, ciertamente. Pero casi todo en beneficio de la nobleza y para mantener tan ávidas garras entretenidas con algo que echarse a la boca.

En el caso de los castellanos, tras los años dorados de Fernando III el Santo, subirá al trono Alfonso X, Sabio para unas cosas y no tanto para otras. Tras dedicarse a estabilizar las fronteras con Portugal y Aragón y repoblar el territorio conquistado, este  hombre se empecinará en lo que se conoce como “el fecho del Imperio”. Los pisanos, que andaban desesperados por conseguir alianzas, le ofrecieron una remota posibilidad de ser elegido Sacro Emperador Romano Germánico, pues era hijo de una princesa muy Hohenstaufen ella.  Esto costaba una pasta gansa, porque había que untar a los siete electores que decidían, así que Alfonso se dedicó a arrastrarse por los Parlamentos pidiendo para lo suyo. Por entonces, los primeros síntomas de la crisis ya eran evidentes, y si no lo creen sólo hay que mirarse la abundante legislación económica del rey Sabio. Todo esto se traduce en que se hipotecó hasta la camisa con los nobles, que le amargaron la existencia y finalmente se le rebelaron en 1272 porque no recibían todo lo que creían “justo”, ni querían leyes centralizadoras (unos autonomistas, ellos). En actitud muy patriótica, se aliaron con todos los enemigos de Castilla, incluido el moro. El rey cedió, abandonó las glorias imperiales y finalmente murió en el sitio de Algeciras frente a los benimerines, una nueva potencia norteafricana, y van tres por lo menos.

Y aquí se lió la primera trifulca por la sucesión; como el heredero había muerto antes que Alfonso, había varios candidatos. Sancho IV apoyado por los nobles (vamos, que los compró), contra los Infantes de la Cerda (sí, como lo leen, qué quieren, es lo que hay), apoyados por Aragón. Triunfó el primero, pero tuvo la poca delicadeza de morirse 11 años después, dejando un niño de 9 años y el reino a cargo de su viuda, María de Molina. Esta brava e inteligente mujer tuvo que lidiar con un marrón de elefantiásicas proporciones: no sólo se enfrentaba a familias que poseían territorios del tamaño de un par de CCAA’s modernas, sino que ni siquiera era hombre. Apoyándose en los concejos y en la Iglesia, logró evitar lo que parecía imposible, que el reino se fragmentara durante las luchas nobiliarias por el trono, metiendo en vereda a los Haro o los Lara. Al alcanzar la mayoría de edad, su hijo Fernando IV no tuvo otra ocurrencia que hacer un desplante feísimo a su madre, ciscarse en sus aliados y correr a los amorosos pechos de la nobleza. Huelga decir que este gesto no gustó ni siquiera a los propios nobles. Cuando este mindundi murió, curiosamente 11 años después de subir al trono, como su padre, su hijo Alfonso XI tuvo que sudar tinta china para recuperar el terreno perdido. Por cierto, que este pobre hombre ostenta el record mundial de ser el único monarca europeo en diñarla de peste, en 1350.

Por su parte, los problemas en el reino de Aragón no tienen nada que envidiar a los de Castilla. Jaime I accede al trono tras una larga minoría, para contemplar descorazonado lo que queda de su reino: la nobleza aragonesa suelta sin correa ni bozal, la catalana enfrentada entre sí por el “temita” de la Provenza, y a su vez, con los mercaderes de las ciudades de la costa, cuyos intereses eran radicalmente opuestos. Así que Jaumet decide liquidar el asunto provenzal que tanta inquina había costado con los gabachos, y lanzar a todo el mundo a por la zanahoria musulmana del sur. Manos a la obra; mientras que Mallorca fue una petición de los comerciantes catalanes, por Valencia hubo división de opiniones e intereses, que el rey zanjó por la vía salomónica del camino de en medio: la taifa fue conquistada y colonizada al alimón por catalanes y aragoneses, y convertida en reino independiente para que nadie se peleara, y así se han quedado de traumados los valencianos desde entonces, pobrecitos. Una vez liquidada la disputa murciana con Castilla, la expansión tomó la única dirección restante, la marítima. Las buenas relaciones comerciales con Túnez, prácticamente protectorado de Aragón, y los pinitos contra Génova, aliada de Francia, respondían a las necesidades catalanas. Por el contrario, no hicieron ni puñetera gracia a los nobles aragoneses, que no sólo veían cómo se ponía fuera de su alcance aquello tan jugoso de las conquistas, sino que encima era a costa de Francia, que en cambio estaba, amén de enfadadísima, bien cerquita, justito encima de ellos. Así que temiendo pagar los platos rotos de la fiesta mediterránea, se dedicaron (con un empeño sólo definible como aragonés) a dar la brasa a Jaime y a su sucesor Pedro el Grande, aprovechando su necesidad monetaria y militar, con una cosa que se dio en llamar el Privilegio de la Unión. Que no es ni más ni menos que un compendio de favores, prebendas y beneficios “porque-yo-lo-valgo”, aderezados con leyes para blindarse contra la influencia de los catalanes, aunque hoy en día se relacione con las “libertades de los aragoneses” y todas esas pamplinas regionalistas. Regularmente, en cuanto barrunten un leve síntoma de debilidad monárquica, estos mafiosos obligarán a firmar una confirmación de su absoluta impunidad tras otra, tras otra y tras otra. Sin embargo, estirarán demasiado del cordelillo si tenemos en cuenta las peculiaridades del reino, donde no había un Parlamento sino tres. Este montaje peculiar juega a favor del rey, ya que por una parte aunque unas Cortes le nieguen subsidios, siempre le quedan dos tiradas más, y por la otra, puede disponer de varias facciones para jugar a la política, oponiendo a unos con otros. Por contra, cuando necesite poner a todo el reino de acuerdo, tendrá muchos más problemas, pero me callo que me adelanto. En 1348, el mismo año de la peste, la Unión resucitará, y aprovechando una disputa sucesoria, se sublevará en Aragón y Valencia. Pero medirán mal sus fuerzas y serán definitivamente aplastados y disueltos por el rey Pedro IV, que en una ceremonia solemne procederá a rasgar el texto oficial del Privilegio con un puñal, cortándose en el empeño, para quemar los restos después. Por ello se le conoce como “Pere el del Punyalet”.

Y aquí hemos llegado justo a la mitad del siglo XIV, que es a donde quería yo llevarles. Acabamos de ver que Castilla y Aragón tienen problemas similares, producto de la misma crisis global del feudalismo y muy relacionados con el excesivo poder nobiliario. Pero podría dar la impresión hasta ahora de que los avatares de cada reino van por libre. Y sería una lástima, porque es una idea falsa; las relaciones de poder y la alta política se complican cada vez más, y se mezclan por arriba. Los reyes de Aragón y Castilla van emparentando entre sí a consecuencia de diversos pactos, guerras y alianzas, y además hay poderosas familias nobles con rentas,  tierras y parentela en los dos reinos. Pero encima resulta que llegados a este punto, va a comenzar un proceso de fricciones y acercamientos que derivará en importantes (aunque no premeditados) pasitos hacia una desigual unión futura, que tienen mucho que ver con la política exterior de cada reino. Así que vamos a hacer un repaso breve de las características geopolíticas de cada uno en este simpático siglo XIV lleno de guerras y pestes, donde aunque nadie lo sabe, se va a ir decidiendo la balanza hacia Castilla. Pero no crean que se debe a una imposición militar de esas que dicen los nacionalistas periféricos; parafraseando al asesor de Clinton, “It’s the economy, stupid!”.

En la primera mitad del siglo XIV, Castilla es un reino más bien homogéneo, con unas Cortes únicas y una nobleza que manda mucho. Su economía es primaria, se basa en la ganadería, más concretamente en el comercio de la lana; la todopoderosa Mesta es prácticamente intocable en sus derechos de paso por cañadas y pastos. Las materias primas (lana, hierro vizcaíno, madera) se exportan a los mercados flamencos, en un comercio controlado primero desde la capital, Burgos, y después desde los puertos fundados a tal efecto por los reyes, como uno que no sé si les sonará, Bilbao. Ya se imaginarán que esto de vender materia prima y comprar el producto manufacturado (ropas de lujo) es una ruina, y que hay que ser tonto para no invertir en industria textil propia si tienes el material. Pero piensen que cortar la lana y venderla es más rápido y la nobleza necesita cash. Eso sí, el peso demográfico es enorme; la Meseta cuenta con el 70% de la población peninsular, aunque no lo crean. En otras palabras, economía rudimentaria pero rentable a corto plazo, volcada en el mercado atlántico y muchos recursos humanos.

- A vore, Martin, que la tía Enriqueta no puede heredar - Collons, mira que lo ponéis difísil...
- A vore, Martín, que tu tieta Enriqueta no puede heredart     – Collons, mira que lo ponéis difísil…

Aragón es un conglomerado de reinos, con tres Cortes, sólo cohesionados por la casa real, a la cual sin embargo nadie discute seriamente. Su población es el 20% nada más, pero compensa la falta de efectivos con una economía pujante; los mercaderes catalanes ponen las bases de un lucrativo comercio, interior y sobre todo exterior y los artesanos fabrican abundantes productos manufacturados. Esta sofisticada economía es altamente rentable, y está orientada, por supuesto, al Mediterráneo. Así que en conjunto, su riqueza es equiparable a la castellana.

Pero hacia mediados de siglo, Aragón tiene las bazas malas. La crisis del feudalismo y su remate en forma de Peste Negra afectarán a su compleja y delicada economía mucho más que a la castellana, más simple y por ello resistente a las desgracias. Además, el Mediterráneo va a iniciar su imparable declive en favor de esos rubicundos norteños del Atlántico. Así que Castilla acabará atrayendo a Aragón hacia su órbita. En política exterior también veremos este efecto; vender en el Norte implica que Castilla se verá envuelta en la Guerra de los Cien Años, del lado inglés primero y después del francés: la Meseta se convertirá en campo de batalla de la segunda fase de la guerra. El triunfo final del primer Trastámara sobre su hermanastro Pedro I el Cruel (para la propaganda de Enrique, obviamente) es algo más que una nueva guerra civil, pues consagra la alianza castellano-francesa y arrastra en el bando triunfador a Aragón, frente al eje Portugal-Inglaterra-Granada (que como ven, no acierta ni con los aliados). Los aragoneses exhiben por entonces una alarmante debilidad militar derivada de su curioso sistema de gobierno; en la guerra de los dos Pedros, iniciada en 1356 (otro episodio menor de la dichosa guerrita anglofrancesa) mientras que la “sencillez” política de Castilla permitió a los ejércitos de su Pedro pasearse por Aragón como ídem por su casa, el otro aún trataba de convencer a catalanes y valencianos, más pendientes de las guerras ultramarinas, de que pusieran dinero y hombres para defender el reino.

Todo este estado de cosas se precipitará en el momento en que, en 1410, Martín el Humano, rey de Aragón, se sienta muy malito y sin descendencia masculina legítima. Preguntados los juristas del reino, con tantas Cortes y leyes diferentes y tanta parentela, no sabrán qué hacer cuando el pobre hombre la diñe. En el próximo episodio, el Compromiso de Caspe, piedra angular de las discusiones nacionalistas sobre el medievo hispano. ¿Qué? ¿La Reconquista? Bien, gracias; en modo pausa. No se quejen tanto, que a cambio les estoy contando lo que siempre quisieron saber sobre la Sacrosanta Unificación De España y nunca se atrevieron a preguntar.

Tempus fugit, decían los estirados de los romanos…y tenían razón, como en otras muchas cosas. Hoy hace un año que abrí este pasatiempo con la incógnita de cuánto duraría y lo que tardaría en cansarme de escribir de forma aproximadamente constante. Había oído muchos comentarios sobre lo difícil que es sacar un blog adelante, y a fe mía que eran ciertos; son criaturitas que requieren dedicación y cariño, y a poco que tengas una vida real ocupada, como es el caso, el asunto se vuelve complejo.

 

Pero aquí estamos, un año después, y con ganas de seguir. La respuesta, teniendo en cuenta que no me anuncio prácticamente en ninguna parte más que un par de foros, que no cuelgo material pornográfico ni hablo de fútbol, ha sido muy buena. Casi 35.000 visitas (casi 100 diarias), 5.000 de ellas en el último mes, y lo más sorprendente, más de 40 artículos, hablan por sí solas.

 

Así que gracias a todos por seguir la bitácora, por vuestros comentarios y vuestros elogios (o críticas). Tanto a los pocos pero irreductibles fieles, guardias pretorianos, como a los cientos de estudiantes sudamericanos que me riñen por no adivinar qué trabajo les han encargado en la escuela. Incluso a los que llegan buscando “asiáticas de tetas descomunales”, “la relación sexual de hombres con alces” o “ancianas enseñando el coño”.

 

Hale, ya, fin del momento narcisista de autopropaganda, aquí no ha pasado nada, circulen, circulen.

Nos encontramos en 1848. La burguesía revolucionaria se bate en retirada por toda la Europa autocrática. Las victoriosas tropas de los reyes de Austria, Rusia, Prusia y Francia (un Borbón reinstaurado por los vencedores de 1815) reprimen a su gusto a los protestones: la puesta de largo del nacionalismo ha sido todo un fracaso. Pero sólo aparente, porque los nacionalistas aprenderán muy bien la lección y cambiarán de táctica hasta conseguir un rotundo éxito; por sí solos los burgueses no tienen fuerza suficiente, así que hay que buscar alternativas. Si hasta ahora habíamos relatado el nacimiento, infancia y adolescencia del nacionalismo, vamos a contar ahora cómo se nos hace todo un hombretón, el bicho.

 

Como siempre, varios factores se van a combinar para propiciar este buen montón de cambios, que voy a resumirles en mi incalificable estilo porque no quiero que les duela la cabeza más de lo soportable, que luego se me van y se me precipita el contador de visitas al más insondable de los abismos. El primero es, cómo no, la tan traída y llevada segunda Revolución Industrial, cuyo impacto sociopolítico, más allá del económico, es simplemente brutal. La difusión del ferrocarril, el acero, la industria pesada, el telégrafo, y varios etcéteras más supondrán una drástica modificación de la forma de vida de los europeos. En lo que a la burguesía respecta, supone el cuerno de la abundancia y un buen caudal de dinero contante y sonante; un grupo de burgueses, con sus ideas políticas reformistas a cuestas (nacionalismo incluido) accederá a un poder económico aepnas soñado antes. Tanto que en algunos casos superará al de la más rancia aristocracia, que sigue viviendo de las clásicas rentas de la tierra mientras lleva el timón de los estados europeos.

 

El caso es que desde arriba las cosas se ven un poco diferentes; estas clases acomodadas se convertirán inevitablemente en conservadoras en cuanto pasen a “tocar pelo”, así que su ideología se transformará en consecuencia. Por tanto, mostrarán cierta tendencia a establecer relaciones más amistosas y fraternales con el otro ocupante de la cúspide de la pirámide social, la oligarquía aristócrata. Los más altos puestos de los Estados europeos son ahora accesibles a generaciones de burgueses con enorme poder, que para colmo adoptarán entusiasmados el llamado darwinismo social. Esto supondrá una nueva vuelta de tuerca en el proceso que lleva al nacionalismo hacia tintes pelin reaccionarios. La publicación en 1859 de “El origen de las especies”, de Darwin, provocó un revuelo enorme en la comunidad científica, pero también tuvo su consecuencia política: la idea central evolucionista de la supervivencia del “mejor adaptado” se trasladó a la carrera industrial de las potencias europeas, cambiando la cantinela por el “más fuerte”; las naciones débiles perecerán, las fuertes sobrevivirán (¿a que les suena?). Cualquier política exterior agresiva, colonialismo o imperialismo se podía justificar en aras de este pensamiento, que invadió prácticamente todas las cancillerías e impregnó decisivamente al nacionalismo de un aroma racista bastante desagradable.

 

Otra simpática consecuencia social de esta dramática transformación de la economía tiene lugar por abajo, entre el “plancton” europeo. Es la época de la toma de conciencia de las clases populares; se va a comenzar a oír hablar de “conciencia de clase”, de “emancipación obrera” y demás fraseología al uso. ¿Esto qué demonios significa? Bueno, lo vamos a explicar acudiendo a lo que contamos en el anterior episodio (no me diga que no lo ha leído…). ¿Recuerdan aquella cháchara sobre identidad, categorización social y todo lo demás? Bien, pues se trata básicamente de eso. Una parte significativa de la masa trabajadora ha pasado de ser campesino a obrero. Millones de europeos humildes, incultos y ágrafos, hombres, mujeres o niños, trabajan al menos 14 horas al día sin festivos ni vacaciones en las insalubres fábricas capitalistas. Y se amontonan en las nuevas ciudades industriales. Esta diferencia con respecto al campesinado es clave; aun compartiendo miseria, los agricultores viven dispersos en el entorno rural, semiaislados de todo, políticamente ignorantes e incomunicados. Por el contrario, los obreros habitan en las ciudades, cerca de los centros de poder. Así que les va calando por contacto algo de las nuevas ideologías burguesas. Pero además en su mayor parte vienen huyendo de la miseria del campo, por lo que sufren del mal típico del emigrante; el desarraigo. Es decir, luchan desesperadamente por crearse una nueva identidad.

 

Hola, amiguitous, os traigo la paz y la autodeterminación. ¡¡Un abraaaazouu!!

Esta situación explosiva disparará en esta pobre gente el proceso de adquisición de identidad del que hablamos. Entre los obreros se abre paso la consciencia de que son un grupo reconocible que posee rasgos comunes aparte del mono azul, y sobre todo, de que son una minoría explotada. Sí, he escrito bien, aunque sean muchísimos más que sus patronos, en lo que a poder sociopolítico se refiere son una minoría muy minoritaria. Es más, dado que muchos tienen parentela en el campo, lentamente entre los campesinos se difundirá esta forma de pensar. ¿Y qué camino ideológico van a tomar los perdedores de la Revolución Industrial, una vez que se saben diferentes y oprimidos? Pues hay bastantes opciones, todas orientadas a mejorar su situación, pero por la aproximación del punto gordo, lo dejaremos solamente en dos.

 

La primera consiste en lo siguiente; si consideramos nuestro grupo de pertenencia como “mejor” respecto a los otros, y nos vemos discriminados por ellos, trataremos de conseguir la igualdad (esto es, la dichosa “emancipación obrera”, o en plata, tener voz y voto), una mejor consideración, en definitiva, lo que los psicólogos de esto llaman distintividad social positiva. Este camino es grosso modo el del socialismo, que parte de la base de que un proletario (o sea, aquel cuya única posesión es su prole) es un pringao y un loser en manos del capital, independientemente de su nacionalidad. Pero a nosotros nos interesa la otra opción, porque no me he pasado a la siguiente entrega de golpe, no: seguimos hablando del nacionalismo. Esta segunda vía se basa en una percepción negativa del propio grupo y positiva de los otros. Se trata por tanto de imitar los rasgos de grupos favorecidos, procurando parecerse a ellos como modo de prosperar. Evidentemente no de la aristocracia, a la que prácticamente ni huelen, sino de uno mucho más cotidiano; la pequeña burguesía. Nacionalista, por más señas.

 

Si se dan cuenta, venimos comentando que el núcleo principal de agitadores políticos nacionalistas de la época son por lo general profesores, funcionarios o estudiantes universitarios. Es decir, los que controlan y acaparan la administración del Estado y la educación. Desde este puesto privilegiado, tratarán durante la segunda mitad del XIX de pescar apoyos en el caladero de las masas populares explotando el fenómeno que acabo de explicarles. El mensaje es muy claro y nada sutil; para aspirar a subir en el escalafón, ocupar alguna profesión liberal, un puesto de funcionario, en definitiva, para mejorar socialmente, hay que hablar tal o cual lengua, hay que “ser” de tal o cual cultura, hay que “sentir” la llamada de la patria que ellos digan. Himnos, banderas y pasados milenarios inventados para todos, a ser posible con fronteras delimitadas al gusto y algún feroz enemigo extranjero; se trata de la ilusión política de combinar lengua, estado y territorio. Usarán además el incipiente acceso de las masas a escuelas elementales para transmitirlo. Obviamente no se trata de homologarlos con la burguesía, sino sólo de obtener el beneplácito político popular, que conciban ese estado de cosas como el normal, el que debe ser. En pocas palabras, se trata de un proceso de homogeneización cultural deliberada, una novedosa obra de ingeniería social, aprovechar y reconducir la fuerza del número en tu favor. ¿Qué? ¿Que les viene a la cabeza alguna Comunidad Autónoma del Imperio? Tsk, tsk, hay que ver qué malos son ustedes…

 

Con lo despiertos que son mis pocos pero selectos lectores, ya habrán adivinado que esto enemistará a los nacionalistas con el internacionalismo socialista, y tendrán toda la razón del mundo; a partir de entonces ambas ideologías competirán a brazo partido por arrastrar a los currelas a su bando. El nacionalismo tendrá mucho éxito entre el campesinado, por su fuerte componente tradicionalista de arraigo territorial y cultural, y menos entre los obreros, todos mezclados y arrejuntados hechos un sindios en las ciudades.

 

Este doble proceso de poner una vela a dios y otra al diablo de la burguesía, ¿en qué se traduce en el desarrollo de los acontecimientos políticos? Pues vamos a entrar en las batallitas por fin, ¡¡ha llegado la hora de las tortas!! El nacionalismo triunfante, de la manita de la burguesía, se manifestará de dos formas principales, ambas igualmente traumáticas.

 

El integrador, característico de italianos y alemanes, cristalizará en la creación de estos dos estados-nación tan poderosos y anteriormente inexistentes, y el proceso será muy similar en ambos. Los movimientos nacionalistas respectivos se agruparán alrededor de un núcleo ya existente y se mirarán en él como promotor y modelo a seguir (Prusia en el caso alemán y Saboya en el italiano); esta es la “pata” aristocrática. En las antípodas, la agitación popular y el adoctrinamiento de las masas, que apoyarán la unificación, por supuesto en contra de algún enemigo “tradicional” de la nonata patria; contra Francia para los alemanes y contra Austria para italianos. No es casual que los artífices de la unificación italiana sean por un lado el rey de Saboya y su archiburgués primer ministro Cavour, y Garibaldi y su movimiento de resistencia popular por el otro. Ni que en el momento de producirse, tan sólo el 2% de la población (¿adivinan quiénes?) hablase lo que hoy conocemos como italiano. Tampoco que Bismarck, prusianísimo junker (alta aristocracia terrateniente de lo que hoy es territorio polaco) de los de toda la vida y absoluto crack de la política, lo sea para Alemania, y consiga la unificación infligiendo una derrota muy dolorosa a Francia en la guerra de 1870. Las nuevas naciones pugnarán vigorosamente por hacerse un hueco y ganarse el “respeto” de las preexistentes, lo que provocará un reguero de roces diplomáticos y sus divertidas derivaciones (barcos de guerra con cascos de acero, reclutamientos en masa, fusiles de repetición y otros juguetes que hacen pupita).

El risueño papá de Alemania. Que sí, que era muy hábil, créanme.

Aquí el risueño y simpático papá de Alemania. Que sí, que era listo, créanme.

 

Pero también encontramos un impulso desintegrador en el nacionalismo, centrado sobre todo en Europa central y oriental. Concretamente hay un par de estados que tienen muuuuy mala pinta; el Imperio Austro-Húngaro (el artista conocido como Austria, Imperio Habsburgo, en fin, la Sissi, ustedes ya saben), con montones de “nacionalidades” efervescentes dentro de sus fronteras, tanto que en 1869 ya había tenido que acudir a una solución de compromiso, la doble corona, traducido al cristiano como “este trozo para que los magiares exploten a rumanos o serbios y este otro trozo para germanos, que oprimirán a rutenos, checos y eslovacos” y el Imperio Otomano, el “enfermo de Europa”, al que todas las demás potencias deseaban pronta defunción para rapiñar un cacho, lleno de griegos, bosnios, albaneses y otras gentes. El impresionante potencial ruso en cuanto a recursos le permitía al zar mantener sujetos a base de leches (otros amantes de la sutileza, los rusos) a ucranianos, bálticos, y mejor que peor a los irreductibles y por tres veces repartidos polacos.

 

¿Qué hay de Francia e Inglaterra? No se puede decir que estas dos principales potencias mundiales sean inmunes a las corrientes nacionalistas, pero el hecho de ser las primeras en industrializar, y por tanto, en disponer de masas obreras concienciadas, hará que tengan infinitamente más dolores de cabeza procedentes del socialismo, por no hablar de que se trata de estados consolidados con una tradición de soberanía ostentada principalmente por la burguesía. ¿España? No me hagan reír…bueeeeno, va, venga. La heterogeneidad cultural hispana propiciará la aparición de nacionalismos como el vasco o el catalán, que mantendrán un perfil más bien bajo hasta que se pierdan las últimas colonias y por tanto la fuente principal de ingresos de ciertos burgueses sobre todo catalanes. Pero de España hablaremos detalladamente en otra serie.

 

Así llegamos al siglo XX, con todas las potencias lanzadas a la carrera industrial, con sus elites inmersas en agresivas doctrinas políticas nacionalistas de superioridad por cualquier medio, millones de obreros pugnando por hacerse un sitio a golpe de huelga general revolucionaria (lean rebelión armada), explotación imperialista del resto del mundo para acumular recursos y por tanto, poder, naciones que se diluyen, otras que surgen…no es extraño que quién más o quién menos estuviese deseando medírsela medirse con el vecino. La compleja maraña de alianzas hará que finalmente un incidente “menor”, el asesinato del heredero de la doble corona austríaca a manos de nacionalistas serbobosnios, desencadene una reacción en cadena llamada la Gran Guerra, acogida con sorprendente entusiasmo, visto desde hoy. Menos para la Internacional Obrera, que animaba a su gente a la insumisión; estaba muy feo que los obreros se mataran entre ellos en virtud de intereses burgueses.

 

El amplio eco que tuvo la llamada a filas en toda Europa habla por sí solo del éxito nacionalista y de la derrota del movimiento obrero. Las clases populares corrieron alegremente a hacerse matar en las masacres bélicas más impresionantes que el mundo había conocido; estamos ante la primera guerra de la era industrial. La forma de hacer la guerra cambió para siempre, las potencias en liza movilizaron todos sus recursos y lucharon hasta la extenuación. Finalmente, Alemania no pudo más y se rindió en 1918.

 

Este tremendo trauma colectivo trajo consecuencias de todo tipo. El colapso de la autocracia zarista, sustituida por el primer estado proletario de la historia reanimó el panorama del movimiento obrero; las masas reverdecieron la lucha en los países industrializados. Al fin y al cabo, las ambiciones de la burguesía les habían llevado al desastre. Pero el nacimiento de la URSS va a influir también profundamente en la redacción de los tratados de paz de París, y por tanto en el mapa de Europa de postguerra y la relación de potencias resultante. Aquí es donde vamos a ver cómo es posible meter la pata hasta el cuezo estando cargado de las mejores intenciones; señoras y señores, les presento a Woodrow Wilson, presidente de los EEUU y muñidor del futuro desastre que conocemos por II Guerra Mundial. Él no quería.

El motivo principal del agotamiento alemán tuvo mucho que ver con la ruptura de la doctrina aislacionista estadounidense, que le declaró la guerra en 1917 y trasladó más de un millón de sanotes reclutas procedentes de Oklahoma, Virginia o Arkansas al frente occidental. Por tanto, tras el armisticio y entre el alivio general por el fin de la pesadilla, el presidente Wilson se presentó triunfante en París con unas ideas que parecen salidas de los sueños húmedos de ZP y Obama puestos en fila. Su lista de 14 puntos era una especie de “tol mundo e güeno”, era la receta que iba a acabar con todas las guerras (se difundió la creencia de que la Gran Guerra iba a ser la última), la que aseguraría la paz eterna, la concordia y el amor fraternal entre países mediante la creación entre otras cosas de una “Sociedad de Naciones” antecesora de la ONU y también una proclama por el derecho universal…a la autodeterminación.

 

Este punto, que se reveló desastroso a posteriori, tiene dos lecturas. La teletubbie wishful-thinking del idealismo de Wilson (que se debió creer una especie de mesías de la paz y el buen rollito), al que le pareció que al fin y al cabo la desaparición de los imperios otomano y austrohúngaro y su sustitución por un puñado de países nuevos era un hecho consumado, y que total, en EEUU no se estilaba eso del nacionalismo, porque allí todos los pueblos vivían más o menos juntos, aunque no revueltos. Es más, en principio no había nada malo en eso, ni afectaba para nada a los intereses norteamericanos. La otra, mucho menos inocente, trataba de aislar internacionalmente a la URSS como si de una colonia de leprosos se tratara, evitando el “contagio” socialista mediante un “cordón sanitario” de países-tapón como Polonia, Ucrania, los tres bálticos, Hungría, Rumanía, Yugoslavia o Checoslovaquia. A Europa no la conocía ni la madre que la parió, pero Wilson se volvió en olor de multitud a los USA como salvador de la humanidad, a disfrutar de su nuevo estatus de acreedor del resto del mundo.

Supuesto mapa del proyecto del nazi belga Leon Degrelle sobre la "Europa de las Etnias"

Supuesto mapa del proyecto del nazi belga Leon Degrelle, la "Europa de las Etnias"

 

El sistema “café para todos”, o “marica el último”, como prefieran, pronto se reveló una chapuza mayúscula. Inglaterra y Francia cayeron sobre las antiguas provincias otomanas, y en nombre de la dichosa autodeterminación, pusieron y quitaron como les pareció, dando lugar a lo que hoy conocemos como el cansinísimo “conflicto de Oriente Medio”. Los nuevos países centroeuropeos se lanzaron con alegría temeraria a atacar a la Unión Soviética en su guerra civil, ganándose las simpatías eternas de los rojillos. Pero lo más importante es que esta distribución de nuevos estados-nación fruto de aspiraciones nacionalistas pasó por alto que dentro de cada uno existían a su vez considerables “minorías nacionales”, y es que el revoltijo cultural europeo era de tales proporciones que resultaba imposible ordenarlo según la doctrina nacionalista. Estas minorías eran potenciales generadoras de reivindicaciones territoriales, o lo que es lo mismo, futuras raciones de garrotazos.

 

Todo quedó así dispuesto en tenso equilibrio para que se desatara un desastre. El nacionalismo permaneció, gracias a la paz de París, en primer plano de la agenda europea. El éxito de la consolidación de la URSS como potencia mundial en ciernes provocó que la burguesía occidental se enrocara aún más en sus posiciones, reprimiendo brutalmente la causa obrera, cada día más respondona y violenta. Es el punto álgido de la lucha de clases, y tras la crisis del 29, la aparición de los totalitarismos fascista y nacionalsocialista. Ambos de componente nacionalista y base popular, fueron captando el descontento de los empobrecidos, con la benevolencia de las clases altas, que los veían como la solución anticomunista. Pero este fondo nacionalista tan agresivo vaticinaba borrascas en el horizonte. Y así fue, puesto que el entrañable cabo austríaco de todos conocido enarboló el estandarte de la autodeterminación tan querida por Wilson ante la Sociedad de Naciones para reclamar cualquier cacho de terreno en que habitara un individuo de cultura germana, y desató así la Madre de Todas las Hostias.

 

La mayor matanza de la Historia acabó con la derrota del Eje y la caída tanto del nacionalismo como el comunismo del primer plano del ideario europeo. EEUU tuteló la posguerra, esta vez de forma efectiva y eficiente, e impuso una versión de su organización bipartidista de programa ideológico “aguado”, incidiendo en el desarrollo económico como solución a aspiraciones políticas de tipo más radical. Los dos viejos antagonistas ideológicos pasaron a las regiones del Cercano, el Medio y el Extremo Oriente, que los tomaron como bandera de su independencia colonial (generando los conflictos de rigor, capitalizados por las superpotencias de la Guerra Fría según afinidad o rechazo).

 

Aparentemente el nacionalismo era una idea caduca, pero la fuerza de su mensaje, tan irracional y emotivo (no en vano es hijo del romanticismo), caló hondo. Tanto que actualmente está viviendo una dorada jubilación a partir de la caída de las últimas dictaduras europeas. La desaparición del bloque del Este y la reconversión disolución del franquismo facilitaron la salida a la luz del polvo de debajo de las alfombras; los nacionalismos latentes por los que la posguerra mundial patrocinada por EEUU pasó de largo, ocultos bajo el peso de la represión, rebrotaron con fuerza en estas regiones. Las repúblicas exsoviéticas, la tragedia yugoslava, las tensiones en España no dejan de ser de nuevo fuentes de conflicto, como corresponde a una ideología fuertemente discriminadora. Y es que es tán útil para provocar fricciones…¡que exagero? Prueben a cuestionarle el “temita” al nacionalista que tengan más cercano, hay muchos.

 

Sin salir de España, asistimos al espectáculo de la aparición de bochornosos regionalismos a imitación de los nacionalismos tradicionales y sus conquistas políticas, aldeanismos que por no tener no tienen ni siquiera una cultura diferenciada a la que agarrarse, así que directamente se la inventan para ver si pescan alguna improbable y etérea prebenda. Por su parte, los de “toda la vida” se han dotado de un barniz más acorde con la democracia, de tinte solidario, internacionalista y pacifista. Incluso algunos pasan por izquierdistas y modernos. Pero no se dejen engañar; es corrección política. En el fondo no tienen nada de socialista, como ya vimos, su única solidaridad reside en compartir “enemigo” y en su modus operandi, en lo esencial son nacionalismos disgregadores de tipo clásico (vamos, que ni modernos siquiera, como tanta otra ideología rampante). Además, todos los humanos cagamos igual y eso no nos hace internacionalistas, ¿no? ¿Que a dónde nos llevará todo esto? Pues no lo sé, soy (cuasi)historiador, no adivino. En algún momento imagino que no dará más de sí la cosa, porque al menos parece que se han asimilado cuatro principios básicos de la democracia representativa, pero cualquiera sabe. Desde luego, yo espero y deseo que Eric Hobsbawm esté en lo cierto y sean los últimos estertores de un fósil del siglo XX. Aunque a saber qué fantabuloso invento lo sustituye. En el próximo episodio repasaremos otra controvertida ideología, no menos revoltosa. El socialismo, claro.

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