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Como ya es habitual en la casa, esta saga es del tipo “desde que el mundo es mundo”, así que nuestra primera parada será el Paleolítico, esa bucólica época donde el hombre era hippy sin saberlo y vivía en completo contacto con la naturaleza, y por ello, expuesto a sus caprichos. Eso sí, no sabemos si con flores en el pelo, pero desde luego sí que cazaba animales y se los zampaban, así que vegetarianos no eran. Estas sociedades de cazadores-recolectores no tienen mucho misterio en cuanto a la cosa bélica: no hace falta tener un máster para imaginar que su forma de combatir debía ser análoga a su actividad principal. El armamento y las tácticas son las mismas que se emplean para cazar; no hay diferencia entre una partida de caza y otra guerrera. Emboscadas, golpes de mano por sorpresa y a correr. Ni grandes despliegues, ni formaciones, ni nada por el estilo. Y, por supuesto, con el mismo contenido mágico-religioso en ambas; cazar un animal o abatir a un oponente tienen sus implicaciones espirituales. Todo esto se supone, como es natural, aunque se pueden establecer paralelismos con sociedades actuales pre-agrícolas, que todavía las hay.

 

Las complicaciones empiezan, como no podía ser de otra forma, con el Neolítico. Ya no es necesario que todo el grupo se dedique a buscar comida, ni andar emigrando con las estaciones. De hecho, gracias al cultivo de plantas y a la ganadería, hay más de la que un pequeño grupo paleolítico puede consumir. Con el resultado de que por una parte no es necesario que todos se dediquen a lo mismo, y por la otra se acumulan alimentos sobrantes. Ahora habrá individuos que realicen otras labores, y su sustento dependerá de otros, por lo que necesitarán intercambiar comida por algún otro producto.  Estos malignos inventos, los excedentes y la división del trabajo, son las características principales de lo que llamamos “sociedades complejas”. ¿Que por qué? Bueno, porque ya se habrán dado cuenta de que con esto de los excedentes y el primitivo comercio que conlleva la división de tareas, hay que encargarse de la distribución, almacenamiento y la gestión de los recursos.  ¿Quién es el responsable de organizar esto? Pues por supuesto los más poderosos del grupo, ya sea desde el punto de vista espiritual o de la fuerza bruta.

 

Tampoco hay que ser un lince para darse cuenta de que la abundancia de alimento y la organización más eficiente de los recursos dará lugar a un espectacular crecimiento demográfico: las sociedades neolíticas son mucho más numerosas que las que desconocen la agricultura. Así que no sólo hemos complicado infinitamente las relaciones dentro del grupo, sino que lo hemos hecho crecer mucho. No es de extrañar que aparezcan las jerarquías sociales, y también que este tipo de sociedades sean capaces de acometer obras inimaginables para los antiguos cazadores-recolectores. No hace falta irse a las impresionantes pirámides egipcias, el fenómeno del urbanismo habla por sí solo. Todos esos edificios, palacios, templos y fortificaciones, en suma, esa ciudad, por modesta que sea, requiere un alto grado de organización y coordinación y un buen montón de brazos, dirigidos por una elite; el antiguo chamán o el jefe de la tribu han sido reemplazados por el sacerdote o el rey guerrero, cuyas funciones, aunque pueda parecer lo contrario, son mucho más complejas. Aparte, también es necesario un cierto desarrollo técnico. Que se traduce en logros tan importantes como la metalurgia del bronce.

 

Y cuando hablamos de jerarquías, elites, pirámides, ciudades y bronce, estamos hablando de…sí, de Mesopotamia. Vámonos allá otra vez, que la tenemos muy abandonada. La verdad es que los historiadores, ahí donde los ven, esos inofensivos tipos con pajarita y gafas redondas, aún se lanzan los ladrillos a la cabeza buscando las causas del espectacular fenómeno del urbanismo mesopotámico. Porque no se limitan a juntar cuatro cabañas alrededor de un templo modesto, no. Erigen unas magníficas ciudades-estado, con templos enormes y zigurats impresionantes cuyas ruinas florecen hoy como champiñones entre el desierto iraquí y los check-points de los marines USA. La teoría más convincente lo achaca a la enorme experiencia de estas gentes en construir diques para enfrentarse al continuo desbordamiento del Tigris y el Eufrates, que en una zona tan llana hacían estragos. Sea como fuere, se trata de expertos paletas, que entre los regadíos, los canales y diques, fundarán civilizaciones sin comparación posible en la época. Hacia el 3.000 antes de Jesusito, las ciudades sumerias aparecen aquí y allá por todo el curso de los ríos.

 

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Falange de calvitos en marcha, tal como sale en la Estela de los Buitres

Pero resulta que además de todo lo que hemos explicado, por el listillo de Malthus sabemos que con el boom demográfico llegará un momento en que el modelo económico agrícola no pueda atender a tanta boca y se haga necesario disponer de más recursos. Y aquí es donde empiezan las tortas, y donde quería yo llevarles. Pronto las pujantes urbes sumerias se disputarán los terrenos más fértiles, encomendadas al liderazgo de su rey, mero instrumento de su dios principal (cada ciudad con el suyo, claro). ¿Y cómo pelean estos simpáticos cruces entre los lemmings y Elmer Gruñón con falditas hawaianas? Como se imaginan ya, que son ustedes unos listos (no me negarán que no les hago bien la pelota), no como aquellas humildes partidas de caza paleolíticas. Una sociedad de ciudadanos, jerárquica y organizada, adopta tácticas complejas y se despliega como un grupo compacto. Tanto, tanto, que vean en la imagen el antecedente de la falange griega. La infantería sumeria, que podemos denominar “pesada”, se compone de soldados armados con un aparatoso escudo, de madera y cuero, que debía pesar lo suyo, una lanza grande para asomar por entre la nube de escudos…y poco más. Porque la vestimenta se componía de una falda de lana, un gorro de cuero o de bronce, estirando el presupuesto y pare usted de contar. Tampoco es tan raro, ya que su principal protección es el muro de escudos. Pero lo más llamativo es el disciplinado orden con el que los habitantes de Ur (o la que más les guste) forman para combatir.

 

Este dispositivo táctico lo veremos repetido en otras sociedades organizadas en ciudades-estado, y no es casual, puesto que está muy relacionado con esa forma de vida colectiva y ese sentimiento de pertenencia a la comunidad. Este sentido grupal se ve muy reforzado por el fervor religioso. La ciudad y su terreno circundante son del dios nominal, el rey (que dirige las tropas en la batalla) es la herramienta del dios para castigar a los enemigos, y la victoria es la victoria del dios. Este principio aplica a todas; los vencidos en combate asumen que su dios es menos poderoso que el del vencedor, y no es raro que lo adopten como propio, ya que el anterior ha demostrado que es de pastel. En definitiva, los que viven juntos, apiñados en el espacio reducido de la urbe, pelean juntos.

 

Vale, y ahora que hemos visto cómo se despliegan en el campo de batalla…¿cómo combate esta gente? Pues como no puede ser de otra manera, chocando. Choques continuos de infantería, y de un arma que será la que marca esta era bélica, estoy hablando del ubicuo carro de guerra. Sí, amigos, no en vano estos calvitos travestidos son famosos por haber inventado la rueda; pero sobre ella colocaron una plataforma de madera y cuatro asnos salvajes (onagros) delante para que tirasen del cacharro. Como el terreno es muy plano, el carro enseguida se volvió muy popular por su maniobrabilidad, que le permitía moverse rápidamente…para estrellarse contra la infantería agrupada. Contra lo que pudiera parecer, los primeros carros no se empleaban para disparar flechas desde ellos, sino para lanzarse a todo trapo contra las masas de infantes, a las que la perspectiva de ver acercarse a un grupo de burros salvajes desbocados a toda mecha arrastrando a dos majaras con jabalina en un armatoste de madera derechitos a sus morros, les debía parecer altamente ilushionante. Sencillamente, se trataba de deshacer la formación enemiga a burrazos; como ven,  la sutileza no la inventaron los aragoneses. Estas dos, infantería pesada y carros, fueron las armas casi únicas de los ejércitos sumerios.

 

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Mi caaarro, me lo estrellaaaaron...

Pero oiga, ¿dónde está la infantería ligera, los arqueros y todo eso? Pues básicamente, en ninguna parte. Los historiadores del History Channel y también los expertos, creen que el factor clave para el rotundo éxito de los acadios en llevarse por delante Sumer residió en el empleo masivo de arqueros, que se movían mucho más ágilmente, contra los ejércitos que he descrito. Piensen que el bronce era un material escaso reservado casi para las puntas de flechas y lanzas, y algunas armaduras de oficiales y poco más; el efecto de una nube de flechas en una de estas primitivas falanges debió ser brutal. A partir del periodo acadio, y el babilónico posterior (tranquilos, que no les haré un lío con tanta fase), se generaliza una mezcla de todas estas tácticas, imponiéndose una combinación de infantería ligera y pesada, y carros, que incorporarán arqueros para lanzar unas cuantas flechitas antes de estrellarse, claro.

 

No les aburriré con los vaivenes de unos y otros imperios, pero sí quiero pararme en algunos que me parecen importantes. Vamos, en los que a mí me da la gana. Allá por el siglo 18 a. de C., que se dice pronto, aparecerá un núcleo de gentes indoeuropeas en lo que hoy es Anatolia (bellísima palabra griega que significa Oriente); los hititas. Estos muchachos se lanzaron a someter a sus vecinos, procdiendo a alicatarse la cara a leches con los metrosexuales de los egipcios en Siria y acabarán muy mal allá por el siglo XII a. C: cuando arrasen con ellos unas misteriosas gentes que los estudiosos llamaron durante mucho tiempo “los pueblos del mar” (que es como decir “cajón de sastre” o “ninguna de las anteriores”). Hoy en día se barrunta si no fue cosa de los griegos micénicos, no en vano Troya está ubicada donde está, y probablemente se tratara de una ciudad si no hitita, en su esfera de dominio.

 

¿Qué tienen de interesante estos personajes y su correspondiente imperio? Pues aparte del misterio y fascinación inherente a haber sido “descubiertos” como civilización bastante tarde, a finales del XIX, se cree que estos tipos fueron los primeros en emplear la metalurgia del hierro a escala apreciable. Antes de que digan “pues vaya cosa”, sepan que además de ser mucho más duro que el bronce y por tanto suponer una ventaja-táctica-que-te-mueres-tía, el proceso de obtención es mucho más complejo y requiere un nivel de desarrollo técnico bastante alto. Las malas noticias para los habitantes del país de Hatti es que no dispusieron de suficiente material como para resultar decisivo; el armamento de hierro se generaliza hacia el XII…demasiado tarde para los hititas.

 

Sin embargo, por las mismas fechas en las que se constituye este imperio, unos personajes aparentemente más modestos se afianzan un poquito más al sureste de Hatti; los asirios. Estos barbudillos vivían en una zona agrícola plana en el curso alto del Tigris, rodeada de montañas. Ello suponía que regularmente todos los pastores y cabreros de la zona acudían a saquear, arrasar y esas cosas, por lo que los asirios, en ausencia de accidentes del terreno en los que protegerse, tuvieron que aprender el arte de la guerra como si fueran un becario en una empresa española; expertos en la materia para ayer, por el método de prueba y error. El caso es que las primeras victorias y especialmente su producto económico, despertaron pronto el gusanillo de la cosa bélica entre los reyes asirios. Así que se expandieron enseguida, creando un cinturón de seguridad, pero después cayeron en una época de vasallaje a un pueblo llamado Mitanni, del que salieron a mediados del XIII a. C. dirigidos por tipos con nombres tan tremendos como Tiglat-Pileser, Assurnasirpal, Assurbanipal (el dios principal de estas gentes se llamaba Assur, ¿se nota?) su tremenda disciplina, su flexibilidad táctica y su implacabilidad los convertirá en los machotes del barrio del antiguo Oriente. Sus invencibles ejércitos repartirán yoyas indiscriminadamente por toda la geografía de las actuales Iraq, Siria, Jordania, Turquía, Palestina, Israel, parte de Irán y Egipto, sometiendo a montones de pueblos a la voluntad de Assur.

 

¿Qué tienen de especial los feroces asirios? En realidad lo que hemos dicho ya, que se traduce por un sabio empleo de todas las posibilidades bélicas y alguna más que descubrirán ellos solitos. La unidad favorita de los asirios era la infantería ligera, compuesta por una combinación de arqueros y portadores de escudo, estos ya con ropas de cuero (no, esas no, marranos…) y casco de hierro o bronce. Como se ve en el dibujito, el soldado con el enorme escudo de madera se ponía delante del arquero para ofrecerle protección (de ahí la curvatura de la punta, para que no le cayeran las flechas lanzadas desde lo alto). También emplearon, por supuesto, los manidos carros llenos de arqueros (¿quién no ha visto los relieves de Nínive, esos que andan por el museo Británico, como medio Oriente antiguo?), y a partir del siglo IX o así, infantería pesada con armadura de placas de bronce y una cosa bastante novedosa inspirada en los iranios…¡¡la caballería sin carro!!. Ya saben, esto implica que no se usan los caballitos para estampárselos a la pobre infantería enemiga, sino como unidades de mil jinetes lanzando flechas a tutiplén, cosa que a campo abierto debía ser bastante terrorífica.

 

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Asirios parapetados detrás del portador del escudo, bastante rígidos ellos...

Los asirios además eran especialistas en asaltar ciudades, no se les resistía ninguna; desarrollaron un montón de máquinas de asedio, torres con ruedas (de arqueros, cómo no), y si lo hacían, las rendían por hambre y después se dedicaban a degollar, descabezar, empalar o destripar, lo que les dio una simpática fama. Tanta que al final una coalición de persas y babilonios se juntó para destruirlos y arrasar Nínive, la capital, allá por el 612 antes de Cristo.

El ejército asirio es el máximo exponente de la diferencia entre la sociedad de las ciudades-estado y la de los imperios del Oriente antiguo; como hemos visto no se parece en mucho al de los antiguos sumerios. Formada por pastores y ganaderos de todo el Imperio, una combinación de ciudades y zonas rurales, la milicia se reunía en un punto de la geografía asiria justo para realizar las campañas en verano, ya que eran las únicas fechas que dejaban libres los trabajos agrícolas. Como las continuas guerras en las que se veían envueltos se alargaban, y además tenía la costumbre de morir gente (más de las que las crónicas citan) de la que luego tenía que arar el campo, hubo que enrolar tropas extranjeras. Así que en la última época (del IX hasta la caída) el ejército se profesionalizó, se diversificó y se dotó de mejor armamento defensivo…pero el imperio era muy grande, y si te tapas la cabeza con la sábana,, los pies te asoman, así que a la postre sucumbieron como ya hemos visto. Además, solía estar dirigido por el propio rey, que era el impulsor de las campañas, por lo que su personalidad o falta de ella estaban muy relacionadas con épocas de esplendor u ostracismo asirio. El rey tenía que demostrar inequívocamente su rango de principal “action hero” del país, y de ahí que se pasara la vida cazando leones, como podemos admirar en los mentados relieves. Un rey flojete lleva a los asirios, que basan su poder en la maquinaria bélica, al desastre. por cierto, me gustaría que se fijaran en un detalle importante; persiste por todas estas civilizaciones la relación entre la guerra y la caza, como ejercicio preparatorio y de demostración de valor. Y el componente mágico-religioso, que no se pierde tampoco, y que pervivirá en las civilizaciones occidentales, aunque eso ya lo veremos más adelante.

 

La dinámica guerrera de casi todos los aprendices de asirio era la misma; babilonios, urartios y gentecillas diversas variaban poco en sus tácticas y armamentos, a remolque de los principales repartidores de estopa de la zona, que configuraron lo que los engreidillos del Oeste llamarán la forma oriental de combatir, que ya veremos que es un mito más de nuestros queridos narcisistas los griegos, con los que nos meteremos en las siguientes entregas. ¿Qué me he olvidado de los egipcios? Ah…bueno, es que quitando la época de Ramsés II, militarmente nunca han sido la repera, y mira que la mayor “victoria” de éste fue salir con el escroto intacto en Qadesh. Y que tampoco difiere mucho de lo que hemos visto hasta ahora; carros con arqueros, infantería ligera, etc. Pero no solían salir del país, y recibieron una mano de guantazos de casi todo el mundo que paseó por el Nilo. Unos flojuchos, estos egipcios.

Después de tanto marear la perdiz, nos encontramos ante la época, ahora sí, de las grandes conquistas. Los reinos cristianos hace casi un siglo que han tomado la iniciativa político-militar, pero no contentos con eso, esta vez la emplearán en ocupar el territorio de forma efectiva. El siglo XII los verá traspasar las fronteras del Duero y el Ebro, y con espada y cruz en ristre, los reyes, la nobleza y las órdenes militares religiosas dirigirán sus esfuerzos contra el territorio controlado por los almorávides. Dado que los cristianos rulan, vamos a seguir la historieta desde aquí, pero como los asuntos político-familiares de los diferentes reyes de cada reino son un poquito coñazo y darían para tres novelas gordas de esas estilo “Juego de Tronos”, vamos a simplificar un poquitillo, y daremos cuatro pinceladas básicas.

 

El primer impulso “reconquistador” por el que unos señores se apoderaban de unas tierras que ni ellos ni sus tatarabuelos habían pisado jamás, se produce en este siglo XII. Además aglutinado alrededor de una figura peculiar, un rey impulsivo y amante de los piñazos pero bastante torpe para lo que es la cosa política. En la misma estela de otra figura conocida en esta casa estamos hablando de Alfonso I el Batallador. Este perejil de todas las salsas pisará todos los charcos habidos y por haber de tal suerte que incluso después de muerto se sentirán los ecos de su “legado” político. Pero antes de diseccionar a este desastre con patas, quiero hacer una pequeña introducción a una herramienta fundamental de la política medieval que ha provocado montones de confusiones generalmente interesadas. Que conste en acta pues que no es un capricho mío; ahora que los cristianos cortan el bacalao, los historiadores nacionalistas de todo pelaje mojarán sus sábanas y harán correr sus ríos de tinta defendiendo cada unificación o separación como si fuera la prueba indudable de la Voluntad Imparable de Un Pueblo Soberano en Marcha Desde Nisesabe. ¿A qué se debe este festival para nacionalistas? ¿Cuál es la triste realidad que hay detrás de todo esto? Pues que estamos hablando, ni más ni menos, de la no tan inocente institución del matrimonio.

 

En esta época, cada alianza política entre dos reinos, ya sea a consecuencia de alguna paz entre ellos o para darle a dúo a un tercero, se sellaba con un matrimonio entre los singles disponibles de cada casa real. Y ya saben lo que tienen los casamientos, que a los pocos años se traducen fácilmente en inocentes mocosos herederos de ambos reinos. Bueno, ¿y qué pasa si los aliados se enemistan? Pues muy sencillo; como la mayoría de contrayentes estaban emparentados entre sí de alguna forma, se denuncia el matrimonio ante el Papado para que se anule, los reinos se separan de nuevo…y como habrán captado enseguida, los chiquillos se convierten automáticamente en una bomba con patas. Esto, unido a la tendencia del personal a fallecer dejando menores en el trono, les dará una idea de cómo funciona la política del Medievo. Así que esta es la razón de unificaciones o secesiones, que se concretan en algo más o menos permanente en función de avatares familiares y no de voluntades soberanas y conciencias nacionales.

 

Y ahora que ya estamos en antecedentes, examinemos la actuación estelar de este hombre de espada fácil aunque no muy despierto. Alfonso I el Broncas era rey de Aragón, lo cual no era gran cosa dado que se trataba de un minúsculo reino plagado de gente con muy mala leche, pero imprimía carácter. Y también lo era de Navarra, por lo que acabamos de explicar. Este rey era bastante aficionado a tomar la cruz con una mano y repartir estopa con la otra, así que empezó por lo que tenía más cerca, la taifa zaragozana; Tudela, Calatayud, Zaragoza fueron cayendo sucesivamente en sus manos.

 

"Me paice que ese ma mirao mal...¿a que le unto los morros?"

"Me paice que ese ma mirao mal...¿a que le unto los morros?"

Pero su lanzamiento al estrellato vendrá de la mano de su boda con Urraca de Castilla, en virtud de la cual el pollo pasará a ser rey consorte de Castilla y León, lo que le permite de rebote irse a la capital leonesa a nombrarse Imperator Totus Hispaniae sin demasiados complejos. De una tacada manejaba todos los ases de la baraja, excepto los condados catalanes. Un hijo de la parejita habría acumulado el dominio sobre casi toda la Península…pero las cosas fueron de otro modo. Alfonso era bastante torpe en cuestiones políticas, porque todo lo que fuera más complicado que guerrear se le hacía cuesta arriba, así que en vez de estarse quieto mirando cómo su mujer dirigía el reino, entró en Castilla como un rinoceronte en celo, haciendo amigos a diestro y siniestro. Por otro lado, además de que resultó que la pareja se llevaba a matar, Urraca tenía un hijo de su anterior boda con Raimundo de Borgoña (sí, un franchute!!!), Alfonso Raimúndez. Todo esto puesto en orden se traduce en una bonita guerra civil en Castilla. Los nobles y los clérigos, como el obispo de Santiago, Diego Xelmírez, se alinearon con Urraca y su hijo, los burgueses de las ciudades con Alfonso y el reino quedó como un solar. Nuestro hombre empezó a cansarse de tanta dificultad y de tanta política, y en cuanto consiguió la nulidad matrimonial en Roma, se volvió a su Aragón querido a hacer lo que más le gustaba, pegar hostias, dejando tras de sí un reguero de fraternal amistad entre los poderes castellanos.

 

Pero aún le dio tiempo de hacer otro estropicio; en 1131 redactó un testamento donde tomó la estúpida decisión (en otros sitios leerán pía) de legar sus reinos a las Órdenes Militares. Imagínense el pitote que se organizó entre las noblezas castellana, aragonesa, navarra o zaragozana cuando murió en 1134 asediando Fraga, después de tres años intentando que el baranda entrara en razón. La consecuencia fue un disputado reparto de todo el tinglado, el soborno pago a las Órdenes por la renuncia y de rebote, nada menos que la creación del reino de Aragón. Como cada reino/facción/grupo de poder, la nobleza aragonesa tuvo que reorganizarse como pudo. Así que decidieron desgajar el reino y llamar al hermano del finado, Ramiro, que profesaba retiro en un convento, a que ocupase el trono. Esta “solución de contingencia” con patas tenía una hija, Petronila, que casaron con Ramón Berenguer, conde de Barcelona. Gracias al testamento del Batallador en mano y a que Ramiro II no tenía ningún interés en gobernar efectivamente, el catalán se las arregló para ser nombrado “princeps” (y no rey, puesto que su suegro lo era ya, aunque no quiso saber nada y pasó su reinado de vuelta en el convento). Pero todo princeps necesita un principado…así que lo que aparentemente es una unificación asimétrica en que Aragón absorbe los condados catalanes encubre otra unificación política distinta: la conversión de Cataluña en Lo Un, Gran e Llibre Principat, excepto Urgell, que resistirá la OPA cual irreductible aldea gala, y el hecho de que el rey efectivo sin corona era Ramón Berenguer IV. Lo de siempre en España, ya saben, hay que guardar las apariencias.

 

Encantado con su flamante nuevo reino, Ramón, otro “Action Hero” de la vida, pasará a hacer honor al difunto Batallador, lanzándose a la conquista de Tortosa, Lérida, etc etc. En 1162, su hijo Alfonsito II el Casto (al que curiosamente, también llamaban Ramón) heredará todo lo de papá y mamá y el reino de Aragón queda así como una de las dos grandes potencias peninsulares, encajando de paso a Navarra que quedará encerrada sin posibilidad de participar en la Carrera Hacia el Sur y por tanto, se nos afrancesará un tanto.

 

Bueno, y mientras tanto, se preguntarán ustedes, contra tanto avance y tanta conquista, cruzados, Órdenes militares y todo eso, ¿qué hacen los almorávides? Pues perder terreno continuamente mientras contemplan cómo su efímero imperio se derrumba. Yusuf y sus sucesores ya tenían unos cuantos enemigos por aquello de su no muy simpática interpretación del Islam, pero en cuanto descubrieron que se vivía muy bien en el palacio y relajaron costumbres, se granjearon también la enemistad de los andalusíes de orden. Para colmo, otra secta norteafricana, también integrista y bastante poco original, repetirá punto por punto el programa, programa, programa almorávide en un clásico “quítate-tú-pa-ponerme-yo”; los almohades. Ni qué decir tiene que todo esto favorece en última instancia la expansión cristiana, que va a alcanzar su punto culminante durante el siglo XIII.

 

Damos ahora, pues, un pequeño salto dramático y nos colocamos en la casilla de salida del grueso principal de la Reconquista. Durante el XII los cristianos han ido conquistando territorio almorávide, y le han cogido el gusto a los productos derivados de ello: tierras, botín, poder y ascenso social. Con recursos demográficos aún escasos, pero suficientes para ocupar territorios, las campañas se convierten en una especie de rapiña organizada: se hace el reparto del botín antes de la toma de tal o cual erritorio musulmán y después según vaya la cosa se cambian los cromos. Las Órdenes y la nobleza militar, ya sea de la de toda la vida o de nueva creación por distinguirse en la lucha, viven una época de esplendor, acumulando un poder nunca visto antes. Esto es importante, porque configura una casta nobiliar muy poderosa, y la consecuencia de esto se verá pronto.

 

Gran fazaña de Sancho VII en las Navas, aplastando unos negritos desnudos con un caballo de guerra

Gran fazaña de Sancho VII en las Navas, aplastando unos negritos desnudos con un caballo de guerra

Sin embargo, en 1210 la frontera está aún en la línea Tajo- sierra de Albarracín – desembocadura del Ebro. Desde aquí y hasta 1240 aproximadamente, los cristianos completarán la conquista de casi de la mitad de la península, salvo el reducto de Granada. O lo que es lo mismo, la totalidad de las actuales Castilla La Mancha, Extremadura, Valencia, Murcia y Andalucía Occidental. Casi nada. Un espectacular avance, o hundimiento almohade, según se mire, encabezado principalmente por dos núcleos de poder, el oriental con la Corona de Aragón, y el Occidental, con el trinomio Castilla-León y la aparición del escindido Portugal.

 

Y es que en esta campaña, la resistencia almohade quedará deshecha nada más empezar, en La Madre de Todas las Batallas del medievo hispano: Las Navas de Tolosa. Alfonso VIII de Castilla, de acuerdo con el Papa, organizó una Cruzada contra los musulmanes, cabreado porque le habían dado una hostia en Alarcos (1195) y alarmado por los preparativos de una ofensiva almohade. Así que se juntó una fuerza de paz multinacional de la ONU en el que participó todo el mundo menos el rey de León, que estaba enfurruñado con el rey de Castilla, por lo que se dedicó a saquear algunas plazas castellanas mientras tanto. También unos 30.000 cruzados francos, que se largaron antes de empezar porque no les dejaban arrasar, violar y destruir. Lógicamente, pues nadie caga en su olla y esos territorios ya estaban repartidos con sus aldeas, alquerías, campesinos musulmanes y todo lo demás. Los almohades, por su parte, adoptaron la táctica “pa chulo chulo mi pirulo” y presentaron batalla con un enorme ejército. Lamentablemente incumplieron una norma básica que todo lector de esta página conoce, y los dirigía el Miramamolín (“Comendador de los Creyentes” pronunciado a la cristiana); un señor con un nombre tan ridículo no puede ganar nada importante, así que la derrota musulmana fue estrepitosa.

 

A partir de ahí el empuje cristiano es irresistible, al mando de dos auténticos figurones, el castellano Fernando III el Santo, que conquistó Sevilla, la capital almohade, y pudo juntar en su cabeza Castilla y León, comprando los derechos al trono por un módico precio que pagó con lo que sacó de la conquista, y Jaume I el Conquistador, el cual una vez muerto Pedro II por meter los hocicos en la Provenza, y alcanzada la mayoría de edad, optó por abandonar la espinosa política occitana, dejar a Francia en paz y marchar hacia el Sur. Y menos mal que nos queda Portugal, claro. Esta escisión de Castilla consiguió medrar independientemente gracias a las luchas de facciones castellanas y a una táctica que si bien les dio buen resultado porque les hizo virtualmente intocables, suponía el abrazo del oso y trajo de cabeza a una ristra de monarcas lusos: hacerse vasallos de la Santa Madre Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

 

Ni que decir tiene que este impresionante éxito superaba la capacidad de los cristianos para gestionar adecuadamente tanto terreno ocupado, y aquí vamos a tirar por el suelo el mito este tan buenrrollista de “las tres culturas” conviviendo en paz y armonía, tan querido por la historiografía posmoderna y las novelas históricas a 9,95 en la FNAC. El origen del mito se encuentra sin duda en Toledo y la famosa escuela de traductores, pero hay que recordar que hablamos de una rara avis medieval como es el intelectual y que esto no se puede generalizar. Por otro lado, el hecho de contrastar la presencia de judíos y musulmanes con su expulsión en 1492 y 1609, respectivamente, puede llevar a pensar en una nueva época de intolerancia (que algunos maliciosos adjudican exclusivamente a la parejita Fernando e Isabel, de la que hablaremos largo y tendido). Y por último, es cierto que en las ciudades medievales hispanas había tres barrios, tanto en las musulmanas como a medida que fueron siendo ocupadas por los cristianos.

 

Pero no es oro todo lo que reluce: esta interpretación es simplista, muy sesgada y en definitiva, mentira cochina. En primer lugar, como mucho las tres culturas se toleraban y malamente, ya que vivían físicamente separadas una de otra, con leyes que castigaban cualquier tipo de mezcla o trasvase entre ellas, y por supuesto, siempre que acatasen sin rechistar las disposiciones de la cultura dominante. Por otra parte, la ocupación cristiana de las ciudades podría en principio parecer que dejaba las cosas igual, pero ni de coña. Los conquistadores, si bien permitían a los musulmanes seguir en la ciudad, no sólo se adueñaban de los espacios públicos, tirando la mezquita para poner la iglesia, sino también las manzanas de casas. Todo el urbanismo árabe a la porra; los islámicosy judíos eran amontonados en arrabales extramuros, y la mayoría acababa yéndose. ¿A dónde? Pues al meollo del concetu: al campo. La razón por la que los cristianos permitían graciosamente a los musulmanes trabajar para ellos es ni más ni menos que la falta de efectivos propios para reemplazar a tanto campesino en una extensión tan grande, y es por ello por lo que aguantaron hasta principios del XVII, y no por cantinelas de respeto y civismo. Porque las leyes poco multiétnicas siguieron en aumento. ¿Eh, y los judíos? Pues el antisemitismo no es algo que se les ponga en las gónadas a los Reyes Católicos; la preparación de los judíos y su habilidad comercial les hizo los candidatos ideales para desempeñar una función muy divertida, la de recaudar impuestos. Su diferencia cultural daba a los reyes cristianos la seguridad de que no les traicionarían por cualquier facción nobiliar. Pero a la larga todo esto jugó en su contra. Por una parte, como decía Eskorbuto, “verde, azul o marrón, un cabrón es un cabrón”; los judíos no eran más amables que otros recaudadores, al contrario, su eficiencia los hacía todavía más impopulares. Por la otra, eran agentes del rey, por lo que en cuanto las aristocracias villanas quisieron echar mano de la caja y encargarse ellos de manejar los dineros, se les opusieron. Y los judíos eran un blanco fácil para canalizar odios, precisamente por su diferencia cultural bien visible para todos. Los RR CC simplemente se hacen eco de las peticiones de sus elites, que arrastraban a sus propios siervos. Esta es la realidad social de la conquista cristiana, no es muy bonita, pero es la que hay.

 

No me negarán que no es llamativo que se quiera hacer un todo reconquistador de 800 añitos de nada de un proceso por el cual en los primeros tres siglos y medio largos las fronteras apenas cambian, se empiezan a mover durante un siglo, y se conquista la mitad en sólo 30 años, para dejar las cosas como están durante otros dos siglos y medio. ¿Que por qué se dejan como están? Bueno, lo hemos empezado a apuntar arriba. La nobleza se ha enriquecido muchísimo, así que van a dar muchos dolores de cabeza a los reyes de las superpotencias peninsulares, Aragón y Castilla. Tantos, que la conquista sufrirá un frenazo hasta su detención completa. Vale, pero…¿cómo es que sobrevive un reino tan débil como el granadino teniendo estos dos vecinos tan fortachones? Básicamente porque cumple una función similar a la ETA; darle una paliza de vez en cuando pero sin matarla del todo proporciona grandes réditos políticos. Además, a estos sí se les puede usar como aliados para dar y recibir por vía interpuesta. Vamos, que interesa que el morito respire. Todo esto se verá en el capítulo siguiente, donde en el transcurso del encantador siglo XIV con sus pestes, sus crisis y sus guerras nobiliares por todas partes, asistiremos al hundimiento definitivo del medievo y el parto de la Edad Moderna en “Si no tengo con quien, me pego solo”. Ah, y hablaremos, tachán, tachán, ¡¡¡ del Compromiso de Caspe !!!

Previously on HMP…”. En el anterior episodio dejamos a Osuna relegado a un segundo plano en la cadena de mando de la escuadra naval y teniendo que pagar de su bolsillo el arreglo de las galeras reales, mientras a la vez se preparaba para recibir una tremenda galleta turca. Emoción, intriga, ¿qué pasará a continuación?

 

Pues bien, en las series de televisión hay giros de guión emocionantes e inesperados, pero en la vida real…el azar, la contingencia, o por decirlo de vulgarmente, la chamba campan por sus respetos. Porque el caso es que los turcos bajaron a Sicilia, sí…pero muy disminuidos por temas presupuestarios que tenían que ver con una guerrita de nada que el sultán sostenía contra Persia y que también le quitaba el sueño. Al final, la flota turca no constaba de más de 80 galeras, cuya avanzadilla fue además completamente derrotada por la flota de Octavio Aragón. Ante este primer fracaso, el grueso del contingente turco se retiró sin lucha, siendo perseguido por Filiberto de Saboya, quien, cuando tenía a tiro al enemigo, resguardado en la rada de Navarino, optó valientemente por no hacer nada y retirarse sin lucha digna de mención, aunque eso sí, enseñando los dientes muy apretados. Vamos, que hizo acto de presencia y poco más. Osuna se tiraba de los pelos; tanto esfuerzo, tiempo y dinero gastado para no conseguir nada.

 

Lo que es aún peor, a estas alturas para todo el mundo era evidente el doloroso contraste entre la eficacia bélica de la escuadra del virrey y la inoperancia manifiesta de las tropas imperiales. Lo cual no sentó nada bien en la corte, así que la maquinaria más poderosa de la psique hispana, la envidia cochina por el éxito ajeno, se puso en marcha. Las primeras señales no dejaban lugar a dudas: el Consejo de Estado promulgó un decreto por el que se prohibía a los virreyes dedicarse a la piratería, ya que al parecer el rey tenía la peregrina idea de que “no era bueno que la infantería española se acostumbrase a piratear”. Sí, este tolili gobernaba el imperio más poderoso de la época. El caso es que lo único que les faltó fue poner el nombre de nuestro héroe en el decretazo. Además, esta orden se acompañaba con instrucciones para desmantelar su flota privada y enviar la escuadra siciliana a Génova. Esta brillante estrategia filipina dejaba a Sicilia completamente indefensa en la práctica. Para rematarlo, le negaron al pequeño virrey la ayuda solicitada para los rebeldes griegos, aliados de España.

 

Retrato del duque mirando a Venecia así como con el colmillo retorcido...

Retrato del duque mirando a Venecia así como con el colmillo retorcido...

Ante este despropósito, Pedro respondió con una triple maniobra orquestal en la oscuridad. En el terreno operativo, se hizo el loco y con la excusa de nuevos ataques turcos, no sólo no desmanteló nada, sino que envió a una figura de la cantera, el prometedor alférez Francisco de Ribera, a probar una novedad técnica que había incorporado a su escuadra privada: el barco de casco redondo. Ribera atacó La Goleta con dos naves y obtuvo un sonoro éxito, perdiendo sólo tres hombres. Por supuesto, el rey se negó a ascender al joven alférez, porque eso de la piratería era una cosa muy fea que además estaba prohibida. En el terreno político, por un lado el virrey dio acuse de recibo de las órdenes y presentó la correspondiente dimisión, pero a la vez se postuló para el cargo de virrey de Nápoles, que andaba vacante por entonces. Para ello mandó a Quevedo a Madrid cargado con una cantidad astronómica de dinero con el que comprar voluntades. El confesor del rey, el valido Lerma, su hijo Uceda, e incluso el valido del valido fueron convenientemente untados por el cojo (ya saben, “Poderoso caballero…”), que no sólo logró el nombramiento, sino que influyó en Felipe III lo suficiente como para que dejara las manos libres un rato a su subordinado.

 

Así, Osuna fue nombrado a principios de 1616 virrey de Nápoles, a donde llegó en Agosto. En este periodo, siguió apretando las clavijas al sultán de forma espectacular: Francisco Ribera, que andaba pirateando el Levante turco, se presentó con 8 naves (incluyendo algunos galeones de los nuevos) en el cabo Celidonia, donde le salieron al paso unas 50 galeras turcas a las que derrotó completamente, echando a pique más de 20. Esta tremenda victoria dejó muy maltrecho el poderío naval turco y propició el ansiado ascenso de Ribera directamente a almirante. Pero una vez desbaratado el turco, desde su flamante nuevo cargo, Pedro Girón tenía un nuevo objetivo en mente.

 

La Serenísima pierde los papeles.

 

Nápoles era la joya de la corona del Imperio de los Austrias; de largo el reino más rico de todos sus dominios europeos. Sin embargo, estaba paralizado por la corrupción, sin recurrir al cohecho y el soborno era imposible hacer nada, el bandolerismo campaba a sus anchas, la milicia estaba ociosa y pendenciera, las familias de la nobleza acaparándolo todo, la industria adormecida y la picaresca y el chanchullo campando a sus anchas. Más o menos como en la actualidad, vaya. Pedro aterrizó en el reino con su habitual dinamismo y contundencia, ahorcando facinerosos, enrolando presos en galeras, recaudando dineros y mandando a los soldados que cobraban paga “in absentia” a la guerra de Saboya.

 

Y es que como decíamos, el duque cambió un tanto su política mediterránea, pasando de dar hostias al turco con la mano abierta a dárselas a la remanguillé mientras ponía como primera de la lista a otra gran potencia de la zona; la Serenísima República de Venecia. Esta ciudad-estado de tan rimbombante nombre había conocido días mejores a cuenta de ostentar la práctica exclusividad del comercio con Oriente. Esto hasta que portugueses y españoles habían abierto la ruta atlántica, así que se encontraba en pleno camino sin retorno hacia la decadencia, aunque seguía siendo un rival de enjundia. Además, geoestratégicamente era enemiga de la monarquía española: aliada con la Sublime Puerta (entre pomposos…), estaba rodeada de dominios de los Habsburgo, españoles en Italia y austríacos en los Balcanes, por lo que les era casi obligatorio ayudar a los enemigos de éstos para mantener el equilibrio italiano. Es decir, apoyaban a Francia, y en aquellos momentos, a Saboya, que libraba contra el Monferrato una guerra menor pero peligrosísima para España, puesto que amenazaba la única ruta terrestre para enviar los Tercios a Flandes, el famoso Camino Español. No hay que ser premio Nobel para comprender por dónde iban a ir los tiros.

 

Osuna sabía perfectamente todo esto, así que empezó a tomar sus propias medidas, en vista de que la cancillería española aplicaba la doctrina ASM (a salto de mata), también conocida como SSV (según sople el viento), tan popular en las empresas de nuestros días. Decidió pues seguir una política coherente de presión sostenida con el fin de doblegar a Venecia y conseguir, primero que dejara de financiar la guerra de Saboya, y segundo inutilizarla como enemigo de la Corona. Dado que el Adriático, a pesar de ser una especie de lago veneciano, es fácil de controlar desde Nápoles, Osuna procedió a bloquearlo con su escuadra personal, unida ahora a la su reino. Además, prestó ayuda a los rebeldes uscoques de Ragusa (actual Dubrovnik), enclave hostil a la Serenísima. La flota veneciana, acostumbrada a algún roce con los barcos de Osuna, pronto se vio acosada de verdad por la flota del corsario español, que empezó a repetir los éxitos cosechados contra los turcos (batalla naval de Zara). Por supuesto, los venecianos pusieron el grito en el cielo, recurriendo a todas sus habilidades político-militares.

 

Porque Venecia disponía de dos armas principales: una, el dinero que les permitía reclutar hombres y barcos incluso en Inglaterra. Y dos, su auténtica arma de destrucción masiva, verdadero sostén de la república en la bañera llena de pirañas que era el Mediterráneo; sus famosísimos, habilísimos y taimadísimos embajadores. Donde dice embajador, léase espía también. Pronto los agentes venecianos comenzaron a actuar en Madrid contra Osuna, elevando continuas quejas. Osuna se defendía haciéndose el ofendido, proclamando que le acusaban de “los mismos cargos que a Drake”. Pero también empezaron a golpear donde más podía doler al virrey. Como quiera que éste no se hacía a la mar personalmente, sino que dirigía desde tierra las operaciones políticas y militares, los venecianos insinuaron que a lo mejor lo que pretendía Osuna era el trono napolitano. Estas insidias ya tenían orejas envidiosas bien dispuestas a escucharlas, pero además se acompañaron de caros regalos, así que entraron mucho mejor. El clima respecto a las actividades del duque se enrareció, y comenzaron a surgir sospechas que a la postre le llevarían al desastre. El rey ordenó a Osuna levantar el bloqueo. Pedrito se hizo de nuevo el orejas, puesto que la presa andaba ya medio asfixiada, aunque el rey insistió. Después cambió de opinión, pidiendo al duque que apretara pero como si fuera una desobediencia suya particular. Y luego volvió a cambiar. Más tarde…bueno, imagino que van pillando la mecánica de Felipito III “el Intermitente” y no les costará imaginar porqué Osuna acabó haciendo lo que le pareció oportuno o porqué se sintió completamente abandonado por sus superiores.

 

Monolito a la gloria del duque pirata. Comparen, qué se yo, con el monumento a Nelson en Trafalgar Square...

Monolito a la gloria del duque pirata. Comparen, qué se yo, con el monumento a Nelson en Trafalgar Square...

En esta pugna que se desarrollaba en el mar, nuestro pirata acabó finalmente agotando a Venecia, que tuvo que firmar la paz en la guerra saboyana. Sin embargo, los venecianos interpretaron el tratado en sentido un pelín amplio y consideraron que les permitía hacer lo que les saliera del forro en el Adriático. Desembarcaron en territorio ragusano y erigieron allí una fortificación. Osuna respondió de inmediato enviando a Ribera para allá, que se encontró con la escuadra veneciana esperándole. Como todos ustedes imaginan, otro rotundo y espectacular triunfo de la flota española, incluida vergonzosa y nada serenísima huida de los supervivientes.

 

La fruta estaba madura para la caída, pero si había que esperar autorización de Madrid sólo podía caer de aburrimiento, así que el virrey corsario urdió por su cuenta un golpe de mano conocido como la Conjuración de Venecia. Se trataba de poner la ciudad en sus manos, para ofrecer el hecho consumado a la corte madrileña. Desde principios de 1619, hombres fieles a Osuna, en contacto con el embajador español y el gobernador de Milán, Don Pedro de Toledo, fueron infiltrándose en pequeños grupos en la ciudad. Se acumularon armas y municiones en lugares secretos. El propio Quevedo formaba parte de la operación. Para Mayo, con ocasión de la fiesta mayor de Venecia, la escuadra de Osuna, que había permanecido inactiva toda la primavera, se movió con sigilo hacia la capital de la República. Pero a última hora, alguien denunció el complot; los venecianos ajusticiaron a unos cuantos conspiradores, saliendo el resto de la ciudad como buenamente pudo. Los huidos fueron recogidos por la flota del virrey. Todos los autores intelectuales del putsch negaron su implicación, incluido Osuna, pero era bastante claro a quién se le había ocurrido la cosa; Venecia protestó airadamente. A pesar de la hostilidad veneciana, el rey de España ordenó levantar el bloqueo marítimo.

 

Pero a la postre este contratiempo aceleró la caída en desgracia de Osuna, cosa que por otro lado, ya esperaba. Abandonado por su propio gobierno, por estas fechas el virrey optó por escoger un nuevo lema para su bandera pirata, “Quo non ascendam?” (¿A dónde no subiremos?) que sirvió de carnaza a las teorías de la conspiración alentadas por Venecia. Para más inri, como sus demandas de refuerzos eran regularmente ignoradas, desplegó su propia actividad diplomática: trató de enrolar incluso mercenarios ingleses en sus filas, gestión que fue desautorizada por Madrid. Y mientras el virrey empleaba el tiempo en lo suyo, capturando barcos turcos llenos de botín y de personajes importantes, incluida la mejor galera de la flota islámica (a la que rebautizó como “Real de Osuna”, ahí provocando), arreciaban las acusaciones contra él. Ahora se sumó a los venecianos la nobleza napolitana, que estaba esperando su ocasión, y sus enemigos en la Corte.

Finalmente el Consejo de Estado le destituyó y le reclamó en Madrid para hacer frente a un buen montón de cargos, a pesar de los enormes servicios prestados. Se le acusaba de practicar la piratería, de desobedecer las órdenes reales, de vivir rodeado de lujo, producto de sus capturas, de administrar justicia a su albedrío y de no tratar a la nobleza del reino como éstos creían que era debido. Curiosas acusaciones para un virrey, ¿no creen?. Se le ordenó entregar o vender los barcos de su impresionante flota (más de 70 unidades) a quien quisiera comprarlos. El duque sugirió seguir empleándolos en combate, pero no se le hizo caso y se utilizó el dinero de la venta en tratar de restaurar la andrajosa flota real. De esta tonta manera se malgastó una potente, cara y bien entrenada maquinaria bélica, pero se trataba de desmantelar el intimidante poder del duque. Osuna se dispuso a partir, no sin antes pasar revista a sus marinos y remeros y proporcionarnos otra de sus típicas anécdotas. Preguntó a los remeros porqué habían ido a parar a galeras; naturalmente todos culpaban a la mala suerte, injusticia o a algún agente externo. Todos excepto uno, que no sólo confesó sus delitos sino que comentó que le parecía poca pena acabar como galeote. El virrey lo liberó y lo envió de vuelta a casa con un ducado en el bolsillo, pues no era cuestión de que un malhechor así corrompiera a tantas buenas personas.

 

Pedro Girón llegó a España en 1620, tras sufrir el abandono de gran parte de sus amigos y fieles, como Octavio de Aragón, que en cuanto desembarcó al duque en Barcelona, cambió las enseñas negras de sus naves por las reales y partió al servicio del nuevo virrey. La situación política, de todas formas, no parecía especialmente grave y Osuna seguía siendo una figura importante. Lerma había caído en 1618, pero ahora era su hijo Uceda el valido, y recuérdese que al fin y al cabo, Osuna era uno de sus hombres. Sin embargo, el azar conspiró contra el duque. Mientras se encontraba preparando su defensa, murió el rey Felipe III. El favor del nuevo monarca propició el ascenso como valido de un ambicioso de mucho carácter y muy malas pulgas, bastante más famoso que nuestro protagonista… don Baltasar de Zúñiga, conde-duque de Olivares. Quien procedió a eliminar de la escena política a todo el partido de Uceda, empezando por el más temible rival. La suerte de Osuna estaba echada; fue detenido y encarcelado en secreto. El gran duque de Osuna, terror del Mediterráneo durante más de diez años, el hombre que jamás perdió una sola nave en combate, al que los turcos llamaban Deli-Bajá (el jefe valiente), languideció, enfermó y finalmente murió en una vulgar prisión en 1625.

 

Y de esta penosa forma acabó sus días uno de los héroes de acción más grandes de la historia de España. La historiografía oficial procedió a enterrar al personaje, como ya hizo desde un buen principio el gabinete de Olivares, con lo cual ha permanecido casi oculto para el gran público hasta la actualidad. Más lamentable es aún por la carga de hipocresía impropia de historiadores que siempre encontramos alrededor de ciertas actividades como la piratería. Si la figura de este “señor muy pequeño que era muy grande” no ha desaparecido del todo en las brumas de los proscritos, se debe sin duda a los elogiosos sonetos que le dedicó su fiel agente, Francisco de Quevedo, otro gran hombre de acción.

 

Seguro que alguno se estará preguntando si las acusaciones tenían alguna base y Osuna pretendió en algún momento erigirse de forma efectiva en rey de Nápoles. Lo cierto es que estuvo en disposición de ello, por presupuesto y fortaleza política y militar. Y lo cierto es que la Monarquía desaprovechó lamentablemente la oportunidad que Osuna le ofrecía. Quizá un poder independiente habría servido mejor a los intereses de España, a su pesar. O quizá mejor dirigido, o simplemente dándole libertad de movimientos, la historia habría sido muy distinta. Lo que es seguro es que el nivel de frustración de una persona activa y capaz como Pedro Girón debió ser muy grande, y que probablemente se preguntaría porqué tendría que aguantar tanta ingratitud, tanta intromisión y tanta cortedad de miras. En cualquier caso…¿quién hubiera podido reprocharle nada, con tan obtusos señores? Y sin embargo, se mantuvo leal. Esto es la historia de España, amigos, que devora a sus hijos pródigos. A ver si se creen que tanta mala leche ibérica es producto de repartir amor y florecillas.

Como todo lo bueno en esta vida tiene fecha de caducidad, en este artículo terminamos nuestra incursión por el mundillo de las cochinadas, que empezó como no podía ser de otra manera por las húmedas y resbaladizas regiones mesopotámicas y terminará con la consagración del sexo en el altar del sacrificio contemporáneo: el todopoderoso Mercado. En este último paso a través de la Edad Contemporánea vamos a asistir a un espectacular cambio de mentalidad en las sociedades europeas, que va a modificar por completo la concepción del sexo. Lo cual no es nada sorprendente si tenemos en cuenta que esta época está marcada por revoluciones de todo tipo, que transformarán radicalmente la forma de vivir y de concebir el mundo de los humanos (occidentales, claro), como ya hemos dicho aquí miles de millones de veces, más o menos. En realidad, más que un cambio, la cosa tiene más de movimiento pendular o montaña rusa, ya les aviso, pero es que la Edad Contemporánea tiene estas cosas; que todo va muy deprisa. Un “aquí te pillo” continuo.

 

Por lo que toca a nuestro tema favorito, empezamos con malas noticias; el siglo XIX es el periodo del triunfo de la represión, la moral pacata y la desaparición del sexo de la vida pública, las conversaciones o las producciones artísticas y literarias (salvo en ambientes muy selectos o de forma excesivamente velada) durante una buena temporada. ¿Por qué ahora, después de haber visto a la Iglesia o los poderes públicos fracasar durante siglos en su empeño? En el fondo, el éxito definitivo a la hora de cargar de cadenas a un grupo humano sólo está garantizado en el momento en que este grupo las asume como propias. Y eso es lo que va a ocurrir cuando la burguesía se alce con el triunfo político y económico en las nuevas sociedades industriales.

 

Europa, finales del siglo XVIII. A primera vista, socialmente persiste el modelo tradicional de familia con su división de roles; la mujer como una especie de menor de edad histérica incapaz de controlar sus emociones, dedicada únicamente a procrear y criar hijos. Oficialmente, por tanto, el sexo se circunscribe al ámbito del matrimonio. Pero a pesar del machismo imperante incluso entre los ilustrados, las cosas empiezan a moverse en otra dirección. Ya hemos visto en otros artículos cómo la sociedad se transforma, y el modelo clásico estamental ya no sirve. La mentalidad cambia, los hombres modernos, los liberales, demandan libertad y derechos universales, racionalidad científica y fe en el progreso humano. En esta búsqueda de libertades arrastrarán también, aunque de un modo tangencial, a la mujer. Que por otro lado, comienza a salir discretamente del estrecho confinamiento al que la sometía el varón.

 

Es también la época del relajamiento religioso, como contestación a uno de los poderes tradicionales del Antiguo Régimen, la Iglesia. En las clases altas el hedonismo se impone, y como resultado de todo esto, la moral sexual aristocrática es altamente permisiva. Que son unos cochinos, vaya. Es el caldo de cultivo idóneo para ideas tan novedosas como la del matrimonio por amor; por toda Europa aumenta el número de matrimonios realizados fuera de la Iglesia. Favorecido también por el desarraigo que provoca la emigración a la ciudad para trabajar en las nuevas fábricas y telares: las personas ya no tienen la imperiosa necesidad de ligarse a una comunidad mediante la vía matrimonial, así que casarse toma otro sentido, más personal e íntimo. Aumenta asimismo el índice de hijos ilegítimos y de concepciones antes del matrimonio, signo inequívoco de que hay relaciones sexuales antes de la boda.

 

Aquí la sex-symbol del siglo XVIII

Aquí la sex-symbol del siglo XVIII, la Pompadour

Por otra parte, durante el Setecientos, las mujeres de las clases más elevadas comienzan a ocupar su lugar en la vida social e intelectual; todos tenemos presentes las famosas amantes de diversos Luises franceses, que no se limitan a actuar como tales, sino que se convierten en focos de poder político y actividad cultural. Las mujeres menos afortunadas socialmente se las apañan como pueden para sacar adelante el hogar familiar, pero precisamente el hacerse cargo de la gestión familiar, aunque sea por delegación, contribuirá a que tomen conciencia de grupo; en los barrios urbanos, lavaderos, hornos o molinos son los lugares de encuentro, intercambio y vida social femenina. Contactos que derivarán a su vez en una toma de conciencia. Así que no es nada extraño que al estallar la Revolución Francesa, las mujeres participen activamente formando asociaciones, rebelándose contra el orden tradicional y en medio de la corriente revolucionaria, emanciparse en pie de igualdad con el varón, con los Derechos Universales del hombre por bandera.

 

Peeeeeeero…todo esto se va a quedar en fuegos de artificio tras el triunfo burgués. Si nos vamos a mediados del XIX, con los liberales burgueses convertidos en rectores de la sociedad, enriquecidos por la revolución industrial y formando la clase media y parte de la clase alta, la cosa tiene otro aspecto. Se trata de conservar lo conseguido, perpetuarlo para generaciones posteriores. Impera pues la idea del orden, la racionalidad, la importancia de los bienes y la herencia. La sexualidad de esta clase social se rige por los mismos principios, así que se ejerce con moderación típicamente burguesa. Por ello se impone la recomendación de castidad, se valora la virginidad como algo a salvaguardar y el acto sexual pasa a la más estricta intimidad, en su ámbito “normal”: el matrimonio. Eso sí, ahora la cosa obedece a principios higienistas, que para eso los burgueses son muy suyos. Como muestra un botón; el bidé, invento que sale de los prostíbulos para instalarse en los hogares pudientes. A ver si se creen que ellos se refocilan en la sórdida porquería, como los obreros.

 

Bajo esta perspectiva, cuyo máximo exponente de todos conocido es la Inglaterra victoriana, parece que hemos vuelto de donde veníamos: es la propia sociedad la que se coloca los hierros de la represión sexual. Todo lo que se salga de ese guión que comentaba, es una aberración improcedente. Está mal visto socialmente hablar de sexo. En la literatura de la época, dominada por el Romanticismo, desaparece o se camufla tras complicadas metáforas (aunque siempre hay excepciones).

 

Cualquier “anomalía” que se salga de lo establecido como correcto, como ir al burdel (que, por supuesto, sigue existiendo), se disimula o se finge que no existe: la hipocresía social es un valor burgués. Por descontado, el clasismo social impera en lo que a relaciones sexuales se refiere. Las que llevan la peor parte son las muchachas de clases bajas. Ya sea en el campo o en la ciudad, las criadas, sirvientas, campesinas o proletarias, están proscritas socialmente, sufren abusos (oficialmente inexistentes, claro está) y ante la falta de medios de control reproductivo, se ven obligadas a abortar o tener un hijo ilegítimo.

 

Pero aquí no nos detenemos, el mundo contemporáneo nos arrastra cada vez a mayor velocidad. Ustedes igual no lo creerán, pero el mundo era aún bastante distinto al actual antes de 1914; las ideologías y corrientes culturales en boga son el nacionalismo, el romanticismo literario, el imperialismo, el darwinismo social…todas ellas confluyen en un ambiente internacional donde contra lo que podamos pensar hoy, mucha gente está deseando que llegue el momento en que las naciones europeas se midan la p…diriman quién ostenta la supremacía mundial, por las armas. La noción romántica de la guerra chocará frontalmente con las infames matanzas de la Gran Guerra. Vale, ¿y esto qué tiene que ver con el sexo? No me sean ansiosos que todo tiene su porqué; el shock traumático que supuso el conflicto para toda una generación favorecerá un movimiento pendular dominado por las ganas de vivir. Una cierta bonanza económica favorecerá lo que se conoce hoy todo el mundo por “La Belle Epoque”: los jóvenes de clases medias-altas europeas redescubren entre otros placeres de la vida, y muy marcadamente, los sexuales. No sólo se liberan de la rígida moral de preguerra y los practican por placer, sino que dejan constancia pública, escrita y gráfica de ello. Incluso en los círculos revolucionarios de un país tan atrasado como la naciente URSS se habla sin tapujos de sexo (pero una cosa muy cientifista y sesuda, que los marxistas son bastante teórico-plastas). Son los tiempos del arranque de la pornografía y del “descubrimiento” de la sexualidad femenina.

 

Pero estamos viviendo de prestado; el hundimiento de la economía mundial en 1929 traerá efectos indeseables. El auge de los totalitarismos va a sentar muy mal a los calores del bajo vientre: el Estado totalitario aspira a controlar a sus ciudadanos en todos los aspectos, incluido en el reproductivo-recreativo-marranete, por lo que la represión sexual vuelve a la primera plana. El contraste es muy acentuado en lugares exóticos como España, donde tras la victoria de los sublevados se impone una estricta y rancia moralidad de la mano de toda una veterana en estas lides: la Santa Madre Iglesia. Como seguro que alguno de ustedes creció en tan pedagógico ambiente, o tiene familiares directos que lo han padecido, obviaremos detalles (bueno, eso y que si no tengo que escribir cuatro entregas más sólo para la esquizofrenia inherente al nacionalcatolicismo).

 

Observen el absurdo de la simbología, quemando uno de repuesto...

Observen el absurdo de la simbología, quemando uno de repuesto...

La derrota de casi todos los estados totalitarios en la Segunda Guerra Mundial provoca, otra vez, un movimiento pendular. En esta segunda postguerra la reacción es algo más tardía, ya que emerge a finales de los 50, pero parece que permanente: en los años 60, con las típicas excepciones (España, la URSS y otras entrañables dictaduras), la moral sexual vuelve a relajarse. La generación posterior a la masacre trata de rebelarse contra el mundo legado por sus padres…pero flojito, que hay que disfrutar de la vida. Los movimientos de liberación de la mujer y su enfoque en la sexualidad femenina, el amor libre, los movimientos de protesta juveniles (podrían haber esperado un año, con lo bonito que habría quedado un Mayo del 69) y la difusión de la pornografía…en definitiva un ambiente de permisividad que da lugar a la popularización del sexo en todos los niveles. Se vuelve a hablar abiertamente de sexo, incluso en su faceta lúdica, en una “revolución” o mejor dicho, redescubrimiento exportado directamente desde la flamante primera potencia mundial, los EEUU.

 

Pero los norteamericanos también son el máximo exponente del enfoque capitalista de la vida. En cuanto se comprobó el fuerte tirón que la temática sexual tenía entre la población, aparecieron mil y una formas de explotación comercial del asunto. No hace falta que insista en las toneladas de material de todo tipo creadas con el fin de dar salida a los bajos instintos en los ratos de asueto. Hoy en día más que nunca parece que estemos inmersos en la era del Onanismo, sobre todo desde la implantación de Internet como lugar de intercambio de todo tipo de producciones relacionadas con el ser humano. El precio que se ha pagado por la liquidación de tabúes alrededor del sexo es su conversión en un producto de consumo compulsivo, y por tanto desprovisto de significado: es la consagración del acto por el acto. ¿Que les parece un poco triste quitarle significado para transformarlo en fast food? Bueno, siempre será mejor eso que asistir a otro movimiento pendular. ¿O no?

Hay una constante en lo que se suele conocer como “historia oficial”, que si bien es compartida por prácticamente cada historiografía nacional, en el caso español es aún más sangrante. Se trata de la marginación y relegación al más absoluto de los olvidos a todo aquel que se haya mostrado heterodoxo, haya osado enfrentarse a algún poder establecido (obviamente sin éxito) o simplemente haya caído en desgracia política. Lo que los romanos llamaron “damnatio memoriae” se convirtió en fórmula de gran éxito político y la cortina de silencio se extiende implacable a lo largo de los siglos sobre multitud de personajes. No hace falta insistir en que este tipo de actitudes deforman sustancialmente a la larga la comprensión de la Historia, que además se llena de incoherencias, absurdos y burdas mentiras destinadas a tapar el hueco dejado adrede y disimular la mancha correspondiente.

 

En España, hogar de la desmemoria secular, que ríanse ustedes de la del viejo Edadepiedrix, aquél que nunca recordaba dónde quedaba Alesia, es muy habitual calumniar o directamente borrar de un plumazo a personajes que examinados de cerca entrarían en la categoría de héroes nacionales en cualquier otro país. ¿Su pecado principal? Generalmente enfrentarse con la monarquía. Si hay algo que no se perdona en España es discrepar de las cabezas coronadas, que, tanto Austrias como Borbones, siempre han destacado por gastar bastante mala baba con los disidentes. O, dada la proverbial inteligencia y los ámbitos de interés de la mayoría de ellas (actrices, barraganas, cacerías o misas abarcarían el 90%), podríamos hablar más propiamente de sus validos y favoritos.

 

Uno de estos cientos de condenados al ostracismo es el personaje que nos ocupa hoy, y que merece ser rescatado del anonimato por la particularidad de que es uno de los mayores héroes de acción de la historia de España. Hablamos de don Pedro Téllez-Girón y Velasco Guzmán y Tovar, tercer Duque de Osuna, o en otras palabras, el más grande pirata español de todos los tiempos. Que se dice pronto.

 

Sí, amigos, al contrario de lo que hacen los británicos con los famosos “Sea Dogs” de la reina Isabel, aquí en esta nación ibérica se considera que lo de piratear es malo (y no hablo sólo de la SGAE) y queda feo en lo que a la honra se refiere, y por tanto es mejor silenciarlo. Que por un lado, como ya nos conocemos todos, sabemos que en España se han tomado muchas decisiones con la honra en la mano y así ha lucido el pelo. Piensen por el otro que después de unos cuantos siglos ahorcando corsarios extranjeros, no queda bonito alardear de los propios. Eppur si muove; Osuna no sólo es el más notorio de los nacionales, sino que se convirtió en el verdadero terror del Mediterráneo. Para que vean que en su caso todo conspira para enviarle a las brumas del olvido: no sólo se dedicaba al corso, sino que lo hacía en un escenario secundario para el común de los mortales. Todo el mundo piensa en el Caribe cuando escucha la palabra pirata, a pesar de que el mar Mediterráneo haya hervido de corsarios durante montones de siglos. Otra deformación más heredada de los países atlánticos del norte, que tiene mucho que ver con el declive comercial mediterráneo en la Edad Moderna.

 

Para completar el cuadro, el pecado original de Osuna consistió en erigirse en un poder sólido con independencia de criterio, hecho que cualquiera que haya trabajado en una empresa privada española sabe que es garantía de ver tu cabeza rodando a no mucho tardar, a menos que uno desconfíe del cuento de la proactividad (que consiste en realidad en hacer el trabajo del jefe, pero haciéndolo como él dice y dándole siempre la razón). No importa que siempre se mostrara leal a la Corona; las envidias y la desconfianza que generaban sus éxitos pesó mucho más a la hora de defenestrarlo. Pero empecemos por el principio…

 

Pedro Girón, para abreviar, nació en 1574 todo cargadito de títulos, pues era nada menos que Grande de España y pertenecía a una de las familias aristocráticas más poderosas y nobles del país. Lo cual le exoneraba de tener que trabajar para ganarse la vida, más teniendo en cuenta que por aquella época la aristocracia empezaba a mostrar propensión a eludir los riesgos que conllevaba su rango, es decir, los peligros de la vida militar, para otorgarse los cargos sólo de nombre y dedicarse a contar las rentas de sus tierras.

 

Pero nuestro hombre demostró pronto que iba bastante por libre y a contracorriente de las tendencias al uso. Marchó a combatir a Flandes en 1602, pero al contrario que muchos de sus camaradas de clase social, que ocupaban los más altos cargos de la oficialidad, se enroló como simple soldado de los Tercios. Y es que Pedrito era un hombre de mucho carácter, a pesar de su pequeña estatura; las crónicas le muestran como valiente, resolutivo, autoritario, algo bravucón y bastante mujeriego (a pesar de estar casado con una señorita de casa noble, nieta de Hernán Cortés).

 

Allí aprendió muchas cosas, a cambio de perder un dedo y recibir heridas variadas. Entre otras, comprobó de primera mano en el asedio de Ostende cómo los herejes calvinistas se apañaban pero que muy bien en la lucha marítima, mientras que las graves deficiencias de la flota española dejaban a los Tercios inermes en el combate naval. Las paces firmadas con los holandeses y con Inglaterra le permitieron darse una vuelta por estos países y comprobar in situ la superior organización de su marina, que fomentaba la acción privada y el corso, en vez de la costumbre española de leva forzosa.

 

Por aquella época, ante la manifiesta inutilidad y desinterés de Felipe III, el gobierno estaba en manos del valido don Francisco de Sandoval, duque de Lerma y su hijo, el duque de Uceda. Ambos habían optado por una política exterior de apaciguamiento y una táctica puramente defensiva ante las múltiples amenazas para el Imperio. Política que si bien reducía los costes, tuvo el efecto de animar a Inglaterra, Holanda, Francia o al turco a rapiñar como buenamente podían; las fortalezas protegen, pero no devuelven los golpes. En cuanto al ahorro, no es que se notara demasiado, ya que permitió que estos dos corruptos se llenaran los bolsillos de plata hasta reventar, así que lo comido por lo servido. Sin embargo, y después de haber tomado buena nota de cómo se organizaba y actuaba el enemigo, Osuna era partidario de una política más belicista. Para él, la única manera de defender el Imperio era golpear constantemente a sus enemigos hasta dejarlos inoperantes.

 

En éstas, Pedro se plantó en Madrid en 1608 a esperar nombramiento para algún cargo importante, como le correspondía por su noble condición. Sin embargo no dejaba de ser un advenedizo en el deslizante campo de la política, así que tuvo que emplear apoyos e influencias. El virreinato de Sicilia estaba vacante, por lo que se postuló para ocuparlo, avalado precisamente por Uceda. Finalmente, tras un ardoroso discurso ante el Consejo de regencia, se le concedió el mando de la plaza, a donde llegó en 1611.

 

El panorama siciliano era desolador, como en muchos de los territorios imperiales. Mientras las familias importantes tenían hasta los críos en nómina chupando del presupuesto, soldados y marineros llevaban más de dos años sin cobrar. La corrupción y la desidia eran las marcas de la casa; el estado de la flota era lamentable, y el general al mando, Leyva, “dirigía” desde Madrid, donde de paso atendía sus asuntos personales. Los mendigos y pícaros se agolpaban en las calles, tratando de vivir sin trabajar, como hacía la alta y baja aristocracia, o incluso la de mentiras. Como resultado de esta inoperancia gubernativa, desde la victoriosa e inútil batalla de Lepanto la isla había sufrido no menos de 80 ataques turcos.

 

Don Francisco, con esta cara, Maestro de Espías

Don Francisco, con esta cara, Maestro de Espías

Algo que el carácter enérgico de Osuna no podía consentir. Su modelo y fuente de inspiración fue otro grupo de ilustres piratas cristianos (aunque no verán a mucha gente llamarlos así, por su nombre), los Caballeros de la Orden de Malta, que se dedicaban al corso con mucho éxito y tenían por lo tanto más bien frita a la Sublime Puerta. Pronto impuso su autoridad a las grandes familias sicilianas, incluso por la vía de la horca, y consiguió del parlamento 600.000 ducados para pagar los atrasos a marineros y soldados y alquilar unas pocas galeras en buenas condiciones para hacerse a la mar. Tras colocar a un hombre de confianza al mando de las galeras de Sicilia (don Octavio de Aragón), su primera intervención contra los turcos fue en apoyo de los rebeldes griegos. Grecia era una provincia del imperio turco bastante problemática, así que eran un aliado potencial de los españoles; a su demanda de ayuda, Osuna respondió enviando a su flota con unos 500 soldados y material para armar a los sublevados y ayudarles a ocupar y fortificar algunas plazas turcas en territorio griego. La campaña fue un éxito rotundo, también en botín, lo que contribuyó a animar a la tropa. Pronto cayeron nuevas partidas presupuestarias y se sucedieron las acciones de piratería antiturca; asaltos y saqueos de plazas fuertes en el Norte de áfrica, destrucción de flotas corsarias otomanas, captura de prisioneros y galeras. Día tras día, soldados, marinos y aventureros se enrolaban en las filas españolas. El arrojo de las tropas corsarias de Osuna se convirtió en la marca de la casa. De pronto las actividades de Pedro Girón se tornaron interesantes para los adinerados del virreinato.

 

Osuna empleó los beneficios para reparar y ampliar la escuadra siciliana y reclutar remeros. Para esto tuvo adoptó una original técnica de selección de personal; sabiendo de la cantidad de falsos lisiados que había en Palermo y Messina, publicó un bando en el que convocaba a todos los pordioseros de la isla. Una vez reunidos, se encontraron con una especie de concurso de salto de altura. A quien lograra sobrepasar una tabla colocada a tal efecto, se le pagarían 8 ducados. No hace falta decir que todo el que logró saltarlo fue inmediatamente enrolado en galeras y los efectivamente impedidos, devueltos a casa con medio ducado en la buchaca.

 

Tampoco descuidó Osuna sus relaciones con Madrid, que necesitaba mantener en buenos términos para que le dejaran las manos libres. Es decir, envió presentes a la casa real y untó a su valedor Uceda para que estuviera tranquilito, ofreciéndole parte de las ganancias obtenidas. Así fue como consiguió de éste en 1613 una excepcional licencia oficial para dedicarse al corso firmada por Felipe III, por el módico precio de la mitad de los beneficios de las capturas. Con su flamante permiso de piratería, Pedrito pudo construirse su propia flota privada de 4 galeras, a las que dotó de enseña propia: una bandera negra con una imagen de la virgen de la Concepción, con el nombre familiar a sus pies. También fue en este mismo año cuando enroló entre sus filas como secretario personal a un conocido espadachín cojo, corto de vista y bastante pendenciero que a la sazón escribía populares sonetos satíricos. Hablamos de Don Francisco de Quevedo y Villegas, que se convirtió en la mano derecha, jefe de espías y agente al servicio de Osuna hasta su muerte.

 

A estas alturas la isla de Sicilia y su escuadra se estaban convirtiendo en un forúnculo muy doloroso para el sultán turco, que se decidió a extirparlo de raíz. Para ello preparó una formidable flota para atacarla, pero la red de informadores de Osuna se adelantó: los sicilianos apresaron un par de barcos turcos y los prisioneros cantaron. Así que el virrey se apresuró a reunir cuantas naves pudo, entre la escuadra siciliana, la suya propia y los malteses para enfrentarse a la amenaza. Además, pidió ayuda a Madrid, que esta vez envió unas 20 galeras reales.

 

Aunque casi resultó peor para el duque, puesto que estaban en tan mal estado que tuvo que repararlas de su bolsillo. Por otro lado, la escuadra real llevaba un regalito envenenado: al mando se encontraba Filiberto de Saboya, almirante supremo de la marina española, colocado ahí por ser pariente del rey Felipe III, y que con ese nombre tan rimbombante ya se pueden figurar ustedes el carácter del pollo. Osuna tuvo que plegarse a que dirigiese las operaciones, por estar por encima en el escalafón. Para acabar de arreglarlo, los éxitos y las presas del virrey contra los turcos tuvieron la facultad de refrescarle la memoria a Leyva, que recordó de pronto que tenía el mando de una flota y la reclamó. El rey ordenó a Osuna poner al rentista al mando, por lo que no le quedó más remedio que trasladar al valiente Aragón a mandar su armada privada de cuatro galeras.

 

A estas alturas se estarán preguntando ustedes, queridos lectores, ¿qué ocurrirá con Sicilia? ¿Conseguirá Pedro salir indemne del gran ataque turco? ¿Cómo se las arreglará tras haber sido atado de pies y manos por una banda de incompetentes de alcurnia? Pues como me está quedando largo y queda mucho aún por contar, mantendremos la emoción y haremos una pausa dramática como si de una serie norteamericana se tratase. Todo esto lo veremos en el próximo episodio de la biografía, “The Downfall”. Sí, es la primera que hago en varias partes, pero la ocasión lo merece, oiga.

¡Andalusíes, Al Andalus se rompe! Tras la muerte de Almanzor (1002) y el papelón de sus hijos dándose puñaladas traperas, el espectáculo de califas y califillas desfilando para ser correspondientemente asesinados se sucede en Córdoba. Por primera vez se ha roto la tendencia acostumbrada hasta la fecha y la situación se invierte: ahora cada facción islámica en liza contratará los servicios de los cristianos como sostén militar. Tanto castellano-leoneses, apoyando a los beréberes, como el conde de Barcelona, en socorro de los eslavos, plantarán sus reales en la ciudad y aprovecharán para lo típico, saquearla un poquito y arramblar con todo lo que se pueda. Mientras tanto, cada grupo que disputa el poder correrá a ganarse apoyos por todo el territorio andalusí.

 

Esta segunda fitna terminará su agonía en 1031 con el asesinato del último califa y la proclamación de la Repúb…quiero decir, de Córdoba como ciudad estado dirigida por la nobleza, y la fragmentación de Al Andalus en Comunidades Autónomas reinos de taifas de la enorme importancia de Alpuente, Mértola o Niebla, y así hasta 26 diferentes. Como no podía ser de otra manera, nada más constituirse estos patéticos estados se iniciará el proceso conocido en ambientes académicos como “el grande se merienda al chico”, y quedarán solamente en pie las taifas más poderosas, en manos de andalusíes (valle del Guadalquivir), beréberes (Toledo, Badajoz y las del valle del Ebro) o eslavos (las valencianas). Café para todos.

 

Bueno, pensarán ustedes, con este desplome espectacular ahora sí que por fin los cristianos le darán un buen meneo a esto de la Reconquista, que tienen el asunto muy parado… Pues se equivocan. Es cierto que aparentemente lo tienen todo a favor: las taifas, minirreproducciones de la corte cordobesa, son débiles militarmente, fragmentadas y metidas en querellas vecinales, presas fáciles para las feroces huestes cristianas.

 

Sin embargo, nuestros marciales amigos norteños mostrarán muy poco interés en rematar la presunta tarea que presuntamente les ha encomendado ¿el presunto? Dios, y más que arrojar al infiel de la Península, optarán por sacarle hasta los hígados. Porque las taifas tienen poco poderío bélico, ciertamente, pero bastante dinero, y los cristianos no son tan tontos. Piensen que sin ir más lejos, la campaña cordobesa fue un resonante éxito para Ramón Borrell, que a cambio de un obispo de Barcelona muerto (una minucia, vaya) se hizo con un tesoro tal que le llegó para llenar la Catalunya Vella de todas esas bonitas iglesias románicas que se pueden visitar hoy en día por todo el Pirineo y la Catalunya Nova de todos esos castillos que bla bla bla ídem. La construcción de Una Cataluña Grande y Libre feudal la pagó Mohamed, ya ven las ironías de la historia.

 

Así que los reinos cristianos se comportarán como una especie de familias mafiosas, haciéndose pagar en oro contante y sonante (las conocidas parias) su ayuda militar. Las taifas pagaban más o menos gustosas a cambio de protección contra sus vecinos, o incluso en plan Vito Corleone, directamente para evitar que sus protectores les pegasen. Por tanto, cada uno de los reyes cristianos tenía, además de sus territorios, una o más taifas proporcionándole pingües beneficios, así que las cuidaban como la gallinita de los huevos de oro que realmente eran. Llegando incluso a legar las parias en herencia a sus hijos y defendiéndolas de las codiciosas garras de los otros poderes cristianos. Este modus operandi a la siciliana les permitía controlar ingentes recursos materiales a pesar de su escasa demografía: habría sido imposible para León, Castilla, Navarra, el minúsculo Aragón o los condados catalanes conquistar y dominar territorios tan extensos y por ello prefirieron optar por ejercer de gángsters con espada. Como ven, ni cruzada contra el infiel, ni misión sagrada ni nada por el estilo. Los reinos cristianos son pequeñas entidades políticas cuya economía se basa en la actividad bélica y su producto más señalado: el botín de guerra.

 

Mio caro Al Mutayyid, hay que respetar a la famiglia...

Mio caro Al Mutayyid, hay que respetar a la famiglia...

El exponente máximo de la situación política peninsular en esta época, y de paso, de cómo se podía subir en la escala social a base de hondonadas de yoyah, es nada menos que Rodrigo Díaz de Vivar, el legendario Cid Campeador. Miembro de la nobleza militar castellana de segunda fila, las andanzas de este eficiente repartidor de estopa le elevan a la categoría de mejor recaudador de impuestos y matón protector de la historia patria. No se sabe realmente si el destierro fue tal como lo cuentan los poemas, pero si nos paramos a analizar los hechos conocidos, veremos que siempre trabajó en favor de su rey Alfonso VI. En Zaragoza, logra defender con éxito la taifa de todos sus enemigos cristianos y musulmanes, y se inhibe cuando el atacante es Alfonso. No es casual que las parias zaragozanas fueran motivo de disputa entre castellanos, navarros y aragoneses. Después marcha a Valencia, para dar un escarmiento a la taifa toledana, de la que dependían los valencianos, y de paso, impide que caiga en las garras de catalanes y aragoneses, a los que cierra la salida al sur, dándole al catalán una mano de hostias, de paso. ¿De quién creen que era tributaria Toledo, y por tanto, Valencia? Pues eso. Por otro lado, y siguiendo con la saga catalana, las parias de la taifa leridana las empleó Berenguer Ramón en comprar la renuncia a la regencia de su enérgica madre Ermesinda; la construcción de Catalunya la siguen pagando los mismos.

 

Esta política de protección al musulmán que me paga bien y el consiguiente enfrentamiento entre cristianos por el botín explica muy bien porqué las fronteras entre la Cristiandad y el Islam siguen moviéndose más bien poquito. De hecho, son años de peleas entre bandas mafiosas: las uniones y repartos sucesorios se suceden, junto con amargas disputas por las parias. A la preponderancia navarra con Sancho el Mayor, que consigue controlar todos los territorios cristianos salvo los catalanes y proclamarse Imperator de Hispania (en León, por supuesto), le sigue un despiporre al repartir éste el reino entre sus hijos a su muerte, del que surgirá Fernando I y la pujanza castellanoleonesa, que a su vez al morir provocará un nuevo reparto y una nueva pelea familiar…en fin, un largo y aburrido etcétera del que Castilla saldrá como reino unificado con León y en general todos juegan a quitarle el dinero al prójimo mientras protegen el suyo.

 

Sólo así se explica que a finales del siglo XI los debilitados musulmanes aún conserven plazas tan al norte como Huesca o Lérida y que taifas como la de Tortosa o Albarracín sobrevivan rodeadas de amenazadoras pirañas cristianas. Hasta el año 1085 no caerá en manos castellanas la primera capital islámica importante, Toledo. Es decir, que nuestros despositarios de la España eterna tardan más de tres siglos después de la conquista musulmana en asentarse por debajo de la línea Duero-Prepirineo. Cualquiera que tenga interés en ello puede comprobar que entre el mapa de mediados del IX y el de finales del XI, apenas hay movimiento apreciable. De momento, como Reconquista esto está resultando una estafa.

 

Hot.tia, qué mala pinta tiene esta gente...

Hot.tia, qué mala pinta tiene esta gente...

Pero en rápida sucesión, otras ciudades van a ir cayendo: tras muchos, muchos, muuuuchos intentos, los empecinados aragoneses se hacen con Huesca en 1095, Tarragona se rinde a los catalanes en 1096. Lo han adivinado, ¡algo ha cambiado! ¿Qué está pasando aquí? ¿A qué viene poner en marcha la conquista precisamente ahora? ¿Por qué tanto odio? Pues resulta que es en esta época donde vamos a asistir, por fin, a la cristalización de un cambio de mentalidad decisivo. Es el momento en que los cristianos van a tomar conciencia de estar inmersos en una verdadera guerra de religión contra el infiel y asumen el sagrado deber de echar a los islámicos del territorio europeo. Realmente es el inicio de una conquista (o Reconquista, si lo prefieren) propiamente dicha. El motor de este cambio es el espíritu de cruzada, y por supuesto, viene de más allá del Pirineo.

 

Uno de los fenómenos imprescindibles para entender la Plena Edad Media peninsular, y entre otras cosas, el cambio que les comento, ha permanecido tradicionalmente muerto y enterrado para la historiografía de corte nacionalista o la posterior nacionalcatólica. Se trata de la instalación y la amplia presencia de francos (es decir, de extranjeros…o peor, de…de…¡¡franceses!!), por todos los territorios cristianos hispanos. Ya hablamos de la brillante ocurrencia de Alfonso III que todos conocemos hoy como Camino de Santiago, y que sirvió para colocar a Asturias en el mapa de la Europa Occidental cristiana. Los peregrinos traían conocimientos, experiencias e ingresos, pero no se crean que todos se volvían una vez obtenido el jubileo. Los primeros en instalarse son los clérigos: las órdenes como la de Cluny o el Císter fundan numerosos monasterios por toda la zona, y comienzan a acumular poder, cargos y bienes, que esto al clero se le da muy bien. Además ya saben que los monjes son activos agentes ideológicos y culturales. A esta primera oleada le seguirán las órdenes militares, como los Templarios. Por todo el Camino comienzan a aparecer pueblos y ciudades que acogen no sólo peregrinos, sino recién llegados dispuestos a quedarse. Pamplona reservará dos de sus tres barrios a los francos, bautizando el tercero como “La Navarrería”, Estella es íntegramente poblada por ellos. Florecen las cartas pueblas que otorgan privilegios a los extranjeros; al fin y al cabo se trata de un aporte adicional de población, muy necesario para futuras expansiones. A la frontera sur de la Cristiandad se acerca todo tipo de aventureros y profesionales de la espada, atraídos por el abundante botín que fluye desde las taifas y por las posibilidades de ascenso social sin tener que partir a Jerusalén. Y con todos ellos, clérigos, monjes y guerreros, llega el ideal de Cruzada, que irá madurando poco a poco. El estreno no es muy alentador; en el asalto a Barbastro, los cruzados cometen tales barbaridades que dejan perplejos a los cristianos autóctonos. Pero ya ha calado la mentalidad de expulsar a los infieles a toda costa, azuzada por el clero; los reyes hispanos crean sus propias órdenes militares y con el aumento demográfico y el muchísimo dinero que ingresan de las parias musulmanas, se lanzarán a la labor de ocupar territorio islámico. Ya ven el porqué de este silencio tradicionalista: reconocerlo supondría asumir un papel decisivo de los extranjeros en el lanzamiento definitivo del proceso de conquista. Y eso sí que no, hombre, la reconquista es 100% producto español, como el jamón de bellota o el chorizo ibérico.

 

Curiosamente, en el campo sureño ocurrirá algo muy semejante, así que la guerra de religión no sólo se cuece entre los cristianos. Una vez que Alfonso VI de Castilla se deja de jugar al gato y al ratón con sus taifas toledana, sevillana y valenciana, y se siente lo bastante fuerte como para tomar Toledo, desatará un huracán de imprevisibles resultados. Hasta el momento, las taifas habían extorsionado a base de bien a sus poco belicosos súbditos para reunir el dinero con el que comprar su supervivencia a los cristianos. Pero tras el estropicio toledano, los reyezuelos mahometanos se dan cuenta del peligro real de perder el sillón. Así que alguno tiene la controvertida idea de llamar en su ayuda a una pujante nueva potencia norteafricana; los almorávides.

 

Contra lo que pudiera parecer, “los unitarios” (Al-Murabitt) no son una peña quinielística, sino una secta musulmana compuesta por unos señores muy serios y ceñudos que visten completamente de negro y se caracterizan por tomarse el Corán muy a pecho, practicando el ascetismo religioso y una estricta moral. Vamos, un muermo de gente pero con muy mala leche. En cuanto ponen el pie en Al Andalus con sus camellos y sus tiendas (negras, obviamente), se dan cuenta del grado de decadencia política de sus hermanos de fe peninsulares, así que su líder, Yusuf, apoyado por el clero islámico y por muchos campesinos fritos a impuestos, se afana en una doble tarea: por un lado, y como se temían algunos de los reyes de taifas, unificar éstas bajo su mando, y por el otro, dar una buena mano de guantazos a los cristianos.

 

Así, la entrada de estos fundamentalistas supondrá el fin de los reinos de taifas. Yusuf conquista Al Andalus y establece la capital en Granada. Además, conseguirá frenar la incipiente expansión cristiana, derrotando estrepitosamente a Alfonso VI en Sagrajas (1086), sólo un año después de la caída de Toledo. Tan sólo el Cid parece resistir en su feudo valenciano hasta su muerte en 1099, mientras que Alfonso vuelve a llevarse una patada en el culo en Uclés en 1108. ¿Podrá alguien detener la formidable máquina militar almorávide? Pues sí. Como ocurre con frecuencia, la descomposición viene desde dentro, y los norteafricanos pagarán cara su simpática política de intransigencia. En el próximo capítulo asistiremos al espectáculo del siglo XII: la puesta en marcha del verdadero avance cristiano, el hundimiento de Al Andalus y cómo no, los codazos y empujones por quedarse el cacho más jugoso, en “Hambre de Tierras”.

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